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29 agosto 2015

¿Qué es Pipirno?

Estaba en la computadora.
A eso de las 8 de la noche.
Escuché un ruido en el toldo que da bajo mi ventana. Me asomé y no vi nada. Mi pupila es muy lenta para pasar de luz tungsteno a oscuridad, noche cerrada y misteriosa. Aguanté unos segundos para que el iris se abriera y ver si había algo para preocuparse caminando hacía mí o no.
No vi nada. Un poco por la oscuridad, otro poco porque no había nada.
Mientras volvía a la computadora pegó un salto al marco de la ventana un gato.
Un gato rubión, medio guachín, inquieto.
Me sobresalté, pero fui hacia él por acto reflejo. No paraba de moverse, nunca vi un gato tan entregado a un ser humano que apenas conoce. Saltó para adentro y se movía atolondradamente; miraba todo, olía todo, tocaba todo: Eso de la curiosidad mató al gato, bueno, pero multiplicalo por mil. No lo mató porque no había nada peligroso y yo soy un pan de Dios.
Después encendió el motor y me cabeceaba la mano para que lo acariciara. Y cuando se cansó, probó todos los recovecos posibles para depositar el cuerpo y, finalmente, lo hizo sobre mis piernas —con el motor de 4 tiempos al mango— mientras yo intentaba seguir con mis quehaceres de redacción. Una muy tierna imagen, lo sé.
Llegó de sopetón, se metió en mi casa y enseguida éramos mejores amigos.
Le compré comida, le puse nombre y le di un lugar para dormir.
Nos entendíamos bien, o bueno, él hacía lo que quería (como todo gato) y yo seguía con mi vida (como todo humano con un gato).
Pero también cuando le pintaba se mandaba a mudar. Y le pintaba bastante seguido.
McLovin se iba por jornadas de 12 horas o más. A veces de día, a veces toda la noche. Y en esos lapsos ni se lo veía merodear por los techos, ni siquiera se lo escuchaba corretear gatas ni canarios ni mosquitas de la fruta.
Las preguntas obvias de todo humano que no puede saltar un cordón alto, salvo los que hacen parkour, son: ¿Adónde irá?, ¿Qué hará?, ¿No le da miedo aquella cornisa?, ¿Comerá?, ¿Le dará masa a alguna gata?, ¿Se agarrará a las garras?, ¿Tendrá otra casa? Pará, pará, pará: ¿vos me estás diciendo que tiene otro dueño? ¿Que le da el mismo amor que me da a mí a otra persona? ¿Que duerme en otra cama y come de otra charola? Y lo más escalofriante… ¡¿Que tiene OTRO NOMBRE?!
Bueno, ahí empecé a pensar en eso. Podía ser una posibilidad, ¿por qué no?
¿Y si tenía otra casa?
¿Si tenía otro amo?
¿Otro humano que ocupara el lugar de macho alfa dominante?
Dudo mucho que alguien pudiera ocupar MI lugar, pero bueno.
¿Y si en la otra casa se llamaba “Azrael”, “Snarf”, “Tom”, “Siete” o “Juan Carlos”?
Podía ser.
Entonces, una idea.
Le compré un collar multicolor bien gay-friendly y le enganché no una chapita con el número de teléfono, sino un papelito Post-it con una nota que decía más o menos algo así: “Hola”.
Primero intentó sacárselo, pero después medio que se olvidó y quedó. Llegó su pernocte diario. Es decir, nocturno. Fue como tirar una botella al mar, pero bueno con un gato y en la ciudad.
Me levanté a la mañana, me hice mate y me puse a mirar hacia afuera. En eso, McLovin saltó al marco de la ventana y, como estaba cerrada, quedó ahí colgando del lado de afuera y con mirada de: “Uy, ¿qué carajo pasó?”.
Le abrí y noté que no traía consigo el papelito del collar.
Habían pasado como 9 horas. Mi plan había fallado. Seguramente se le calló en alguna riña con otro “e, gato”, quizás por marcar territorio, quizás por una señorita gata.
Me fui a trabajar. McLovin quedó afuera. A veces estaba realmente incontenible. Una bestia salvaje.
A la vuelta, a eso de las 19 h, mientras degustaba un fino tentempié de pan, aceite de oliva y queso fresco sin sal, escuché unos ruidos terribles en el toldo. Parecía que se venía abajo. Fui a la ventana y otra vez mi estúpida capacidad visual para pasar de luz a oscuridad no me dejó ver nada. De un salto se me vino encima mi gato asustado y todo roñoso. Noté que otro más feroz salió disparado toldo adentro. Miré a McLovin tan rápido como pude para corroborar que todavía tuviera los dos ojos en su lugar y ningún garrazo en la panza.
¡Tenía un papelito Post-it enganchado del collar!
¿Cómo era posible si antes había vuelto sin nada?
Se lo saqué de un tirón, lo planché con la mano y leí: Pipirno.
¡¿Qué?!
Levanté la cabeza como si alguien me estuviera mirando, espiando.
¿Qué? ¿Qué es esto?
¿Pipirno?
¿Quién escribió esto? ¿Por qué?
¿Me estaba respondiendo a mi “Hola”?
¿Qué significaba?
Ahí, como se imaginarán, empecé a mandar mensajes todos los días.
Uno por día.
Todos distintos.
¿Qué es Pipirno?
¿Quién sos?
¿Cómo te llamás?
¿Es tu gato?
¿Qué es Pipirno?
¿Dónde vivís?
¿Cómo se llama el gato?
¿De qué signo sos?
Se llama Tom ¿no?... Seguro se llama Tom.
¿Te gusta el arte?
¿Qué es Pipirno?
¿Qué le das de comer?
¿De dónde venimos?
¿Está vacunado?”
¿Qué catzo es Pipirno?
Dale, respondeme
Dale, no seas malo
¿Dónde está Wally?
¿Venís siempre a bailar acá?
¿Ventanilla o pasillo?
¿Bombón suizo o bombón escocés?
¿Qué es Pipirno?
¿Qué es Pipirno?
¿Qué es Pipirno?
¿Qué es Pipirno?
¿¡QUÉ ES PIPIRNO, CHABÓN!?
Pero siempre el mismo mensaje volvía en un Post-it arrugado: “Pipirno”, sólo “Pipirno”.
Me estaban tomando el pelo.
Me estaban manoseando las nalgas.
Se mofaban de mi ingeniosa idea.
Pensé en escribir un cuento con esto mismo, pero no, sería muy inverosímil.
Pensé en escribir una comedia romántica: Chico conoce chica a través de un gato mensajero. Un gato entra en la casa de él. Lo adopta pero el gato se va por días enteros. Él cree que tiene otra casa, que juega a dos puntas. Decide escribir el mensaje en un Post-it: “Hola, ¿este gato va a otra casa?”. El gato, efectivamente, tiene otra casa. Ella recibe el mensaje y responde: “Hola, con otra casa te referís a la tuya, ¿no? ¡Je!” Ahí el tipo, interpretó que por el “Je” se trataba de una chica. Y siguió la charla. Comenzando así una relación romántica basada en mensajes escritos en papelitos Post-it.
Pero no, me llevaría demasiado tiempo escribirla. Y entre la revista, el laburo, el curso de Inicio a la Manufactura del Papel Picado y el libro que estoy haciendo con un amigo, no tengo tiempo ni para desgraciarme en paz.
Aparte muy linda imagen la de un gato que una a dos personas, pero el mundo tecnológico de la actualidad del hoy haría que enseguida se pasen los celulares y siguieran la charla por Whatsapp. Y lo del gato quedaría a un segundo plano.
Todo muy lindo, pero mi caso era más inquietante porque era real y me estaba pasando a mí.
Hubo días en los que no escribí nada. McLovin se iba y volvía de igual modo. Sin mensaje. Así me mantuve por un par de semanas. Dejé que todo se enfriara, pero me mantenía alerta, miraba con desconfianza el todo.
Caminaba por el barrio, recorría la manzana en busca de algo. Alguna pista que me diera con el bromista, con el capo cómico que se estaba riendo de mí. Miraba a la gente a los ojos, les intentaba hacer saltar la ficha poniéndolos incómodos. En el kiosco sacaba charla, todas de gatos y de animales varios, domésticos y exóticos, como para despistar. Pero nada.
Pensé en poner carteles de: “Se busca dueño” y la foto de McLovin. O ser un poco más específico: “Se busca gracioso que gusta de dejar mensajes en el collar de MI gato”. Pero me tomarían por loco. Y no hay nada que odie más en la vida que me juzguen en silencio. Odio esos que te miran con ojos atentos y no te dicen nada. Bajan la mirada y siguen su paso. “Decimelo en la cara, cagón”.
Los días siguientes me olvidé del asunto. No hay nada más relajante que olvidarse de algunas cosas. Mucho trabajo, muchas juntadas por la revista, por el libro; convocar dibujantes; bloggeros; redactores; parapentistas; entrevistar; juntadas; panchos con lluvia de papas, diseño y correcciones me mantuvieron a salvo.
Hasta que una idea me relampagueó en la cabeza.
Llegué del trabajo y lo recibí como de costumbre. Le di de comer como si nada. Le cambié el agua: no toma agua si estuvo mucho tiempo en su plato ni aunque lo maten, la quiere nueva, fresca, si es directamente de la canilla mejor.
Hacía todo de gamulina, para que nadie sospechara nada, con una sigilosidad felina. Comí mirando la tele sin mirarla. Estaba esperando el momento. Atento, mirando cada movimiento. McLovin primero se bañó un poco, dio unas vueltas y después se acostó en el sillón y durmió un rato. Hasta que se despertó y saltó al marco de la ventana pretendiendo libertad.
“Ahí está”, me dije a mí mismo y para mis adentros míos.
Haciéndome el boludo (me sale re fácil) agarré un Post-it y escribí como quien escribe la lista del supermercado: “Pipirno”. Sólo “Pipirno”.
¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Pipirno obtenía una y otra vez.
Pipirno les iba a dar.
Esa noche creo que no dormí. Me acosté, cerré los ojos y al abrirlos eran las 7 a. m. Me toqué la cara y tenía baba. También estaba húmeda la almohada. ¿Qué onda?, si casi no dormí. Buah.
Me levanté y no fui directo a la ventana. Quería saborear la victoria. Hice pis, me lavé la cara, prendí la computadora y me fui a hacer mate. Puse la yerba muy lentamente. Le agregué hojitas de cedrón y esperé que el agua hirviera, sin apurarla.
Comencé a cebarme. Caminé muy, pero muy lentamente hacia la ventana. McLovin y yo teníamos una conexión especial, cuando escuchaba movimientos en la casa y sentía mi presencia en las cercanías de la ventana se hacía presente.
Un paso, dos, el cuadro que me proyectaba la ventana aumentaba. Tres, cuatro, la imagen ya casi tomaba toda mi visión. Cinc… McLovin se adhirió al vidrio como salamandra húmeda.
Le abrí, saltó en busca de comida y quizás de un toque de mimos. Ah, no, no, primero comida. Está bien.
Vi que tenía un papelito en el collar. Me movía rápido atrás de él, como Rocky intentando atrapar la gallina de “Rocky I”.
Le puse comida en el plato y mientras se desesperaba por su desayuno continental le arranqué el Post-it del collar.
Leí con estupor:
“¿Qué garcha es Pipirno?”

Sebastián Culp
2015










23 agosto 2015

Una mierda todo, ya sé

Entro a un local, camino con cierta decisión hacia el mostrador. No es: wooo, qué decisión tiene el chabón, pero bueno, me defiendo. Hay dos empleados. Están al pedo, charlando entre ellos. Un paso más, dos, tres. Es el local más largo del mundo. Medio metro me separa. Ellos dejan de hablar y me miran. Los dos me miran a mí. Sus dos pares de ojos recaen sobre mi persona. Me miran directo a los ojos, y me escanean de arriba abajo, pero no mal, sino como aguardando amablemente mi inquietud como potencial cliente.
Ahí sucede.
¿A quién miro?
¿A cuál de los dos me dirijo?
¿Cómo encaro la pregunta, la consulta, la duda?
¿Cómo corno rompo ese estado?
¡¡Los dos chabones me están mirando exactamente con la misma actitud!!
Loco, ¿por qué me miran los dos?
¿Por qué uno no espera por mi consulta y el otro atiende sus cosas en otro lado?
Mi elección de a quién mirar, desactiva automáticamente al otro.
Mi decisión, sea cual sea, va a dejar mal a uno de los dos empleados.
Mi inclinación por uno va a decir, “¿Sabés qué?, creo que él tiene mejor impronta de vendedor. Vos, en cambio, me das medio nabo”.
20 centímetros.
El corazón se acelera
Revoleo la mirada por el local estirando el momento.
Antes exageré, ahora sí es el local más largo del mundo.
10 centímetros
Listo, tengo que elegir.
Sea lo que sea tengo que mirar a uno.
Llego al mostrador, resuelvo sin resolver nada:
Hago mi consulta alternando la miradita como un boludo.
Primero a uno: “Hola, si ¿qué tal?”, después al otro: “Estaba buscando unos regatones anatómicos de goma”, para volver la mirada al primero. “así, como estos…”.
Una mierda todo, ya sé.

Sebastián Culp
2015

17 agosto 2015

Las fanpages de moda

Las fanpages de “humor” se multiplican como Gremlins comiendo un choripán después de las 12 bajo el agua. Hay tantas que ya no importa. La cifra de estas páginas para el entretenimiento del oficinista paspado crece de una manera tan abrupta que se devalúan. Pierden valor, la gracia, la calidad.

Pero que "diver" que son ¿no?

"Me lo contó un señor alto"
“Lo escuché en el ascensor”
"Lo escuché en el premetro"
“Lo escuché en la sala de espera del proctólogo”
“Lo escuché en un bar, de una mesa al lado de la mía”
“Lo escuché en un mini-grabador, después de dejarlo escondido en la cartera de mi mujer”
“Es de progre arrepentido”
"Es de conservador levemente tirado a la centroizquierda"
“Cheto con Topper”
“Cheto con llantas”
“Cheto con campera de gimnasia”
“Lo vi en un baño público de Once a las 3 y cuarto de la mañana”.
“La gente se anda guardando las cosas para sí”
“Me pasó en un aliscafo”
“Me pasó en un privadito”
“Adiós, pero vuelvo, no te preocupes, nos vemos en un rato”.

09 agosto 2015

Fotonovela: La mejor noche de mi vida

Foto 1
Mi hermana cumplía 15.
Mega fiesta.Mega hiper salón.Muchos invitados.Comida abundante.Me puse un traje por primera vez en mi vida.9 años, casi 10. Sí, por más raro que parezca, después de los 9 vienen los 10.Fui al peluquero esa misma tarde para que me confeccione un muy respingado jopo.




Foto 2 
Ya en la fiesta estaba exultante, pero algo desorientado. Muchas luces, mucha gente. Durante la comida fui mesa por mesa convocando a mis primos y amigos para ir al piso de arriba. Parece que había descubierto un cuarto oculto que prometía ser la gema de la noche. 
Pero mi primo, Juanpi, tenía otra idea al respecto





Foto 3 
Subimos, según mi plan, al cuarto mágico. No pasó nada de nada. Era más divertido mirar “Indiscreciones” con Lucho Avilés. En eso me di cuenta que Juanpi no estaba. Bajamos. Lo busqué por todos lados: mesa de sus padres, barra, debajo de la mesa de los padres, escaleras, rincones varios, carrito de dulces que aguardaba la llegada de la “mesa dulce”, baño, cabina de DJ. Nada. Alguien me dijo que lo vio bailando. “¿Bailando? ¿Adónde?”, pensé, mientras buscaba con la mirada y la boca abierta.
Entre las altas quinceañeras logré divisar, en el mismísimo centro del universo, digo, de la pista, a mi primo bailando como un John Travolta de 8 años y 1 metro de altura.
Me acerqué y no solo bailaba en medio del enjambre de chicas, sino que bailaba con DOS de ellas. Era un jeque árabe con corbata y dientes de leche.
Sin dudar me puse a bailar al lado de él.
La noche tomó otro rumbo.
Bailamos sin parar.
Estábamos imparables.
Eufóricos.
Pero todo tiene un límite.

Entre las altas quinceañeras logré divisar, en el mismísimo centro del universo, digo, de la pista, a mi primo bailando como un John Travolta de 8 años y 1 metro de altura.Me acerqué y no solo bailaba en medio del enjambre de chicas, sino que bailaba con DOS de ellas. Era un jeque árabe con corbata y dientes de leche. Sin dudar me puse a bailar al lado de él.La noche tomó otro rumbo.Bailamos sin parar. Estábamos imparables.Eufóricos.Pero todo tiene un límite.




Foto 4
Fin de fiesta





Foto 5
Atención: Las imágenes que siguen a continuación pueden herir su susceptibilidad




Foto 6
Y esta, puede herir aún MÁS su susceptibilidad.












04 agosto 2015

Soy un Susano

En cada trabajo o arreglo del tipo hogareño mi papel es el del “ayudante”. Soy tan inútil que solito voy a parar ahí. Cedo el lugar (sin decirlo, claro) al que sabe. Y el otro, que seguro ve mi temple más bien errático, gana en la posición y se acomoda en su sitio. Y yo en el mío. Que cómodo no estoy. Me siento un inservible. Una delicada señorita de 1,85 metro, medio fofo y mastodonte. Pero ojo, peor sería estar haciendo lo que ese cristiano está haciendo. Peor sería estar tirado por media hora martillando de rabona un zócalo quebrado. Peor sería estar en el último escalón de una escalera enclenque al borde del abismo de un balcón de 7 pisos, intentando poner una tortuga en el techo. Así que no, no me quejo. Porque por otro lado hago re bien mi tarea. Soy un engranaje fundamental de la “maquina”. Mi mamá me dijo que soy tan importante como el otro. Que sin mí la cosa no se podría hacer. Y no, la verdad que no, porque paso en tiempo y forma el martillo; sé distinguir perfectamente entre el destornillador Philip y el otro; soy un experto buscador de los más excéntricos pedidos: “Buscame un tornillito de base chata, como este”; enchufo la agujereadora en el aplique con una calidad re zarpada; soy un capo en sostener la escalera para que no se mueva; y sobre todo tiro comentaros re atinados. Onda: “Uy, está jodido, eh”. En eso nadie me gana. En eso y en mirar sin pestañar la tarea realizada por el otro, de pe a pa. Aunque me agarre la tortícolis de mi vida por mirar el techo en un ángulo completamente supina. No importa, mi misión es esa y tengo que dejar todo. Ir hasta el fondo. Como el encargado de pasar los bisturís y las pinzas al médico en una operación de corazón abierto; como el que infla las gomas de la Ferrari en la Formula 1; como Marcelo Iripino, que se mandaba tremendos largos de pecho en un mar de cartas, y le llevaba, esa, la ganadora a Susana Giménez, con una destreza increíble. 
Porque la cosa es aceptar tu condición: Y yo, en los arreglos domésticos soy el ayudante. ¡Y qué bueno que soy!

Sebastián Culp
2015

02 agosto 2015

Pelear es malo

Estás discutiendo con alguien, la cosa se caldea, entendés que la pelea a piñas es una posibilidad, bueno, frená un poco, pará un segundo. Mirale las manos, mirá en detalle los nudillos: ¿Están curtidos? ¿Tiene la piel quebrada? Mirale los dedos: ¿son anchos como listones de madera? ¿Ásperos? ¿Manos de trabajo? ¿Resecas? Si ves estas señales, y tus manos son delicadas como miniteteras de porcelana fría, bajá los humos, pedile perdón, decile que tiene razón en todo y mandate a mudar. Perderías como en la guerra.

28 julio 2015

Los novios saludarán en el atrio

Una vez que la pareja de novios es formalmente bendecida, el sacerdote da vía libre a la pasión y dice: "Puede besar a la novia". ¿¡Novia!?, acaba de decir: "Los declaro marido y mujer", ¿existe incongruencia mayor? Un ápice de sentido común, Señor, o acaso somos nosotros los únicos que creemos que debería decir: "Puede besar a la esposa".


13 julio 2015

Contactos del celular

Más aburrido que Cristo en la cruz, agarré el celular. Todo joven moderno del hoy cuando no sabe qué corno hacer agarra el celular. Me vi todos los videos de WhatsApp que bordean la perversión más profunda; respondí a cada uno de los mensajes de los grupos, todas boludeces, claro; scrollee en Twitter y pensé en vano algún tuit genial; chequee mails y me vi las 7589 fotos que vengo acumulando y me prometo bajar a la computadora desde el 2010.
¿Entonces?
Mi diversión estaba en juego.
No podía seguir así ni un segundo más. Mirá si en una de esas me pongo a pensar en cosas de la vida, en “¿Adónde hemos llegado?”; o “Cómo pasa el tiempo”. No, por Dios.
Entonces… ¡pah! La palabra “contactos”, me vino a mí como un rayo espectral del recóndito más allá
¿A ver los contactos que tengo?
Y descubrí algo increíble.
Tengo contactos agendados que no sólo no tengo ni la más remota idea de quiénes son, sino que en muchos casos si siquiera son personas humanas.

Ampliamos:
Tengo 252 contactos, no me hago el capo carismático, hiper conectado con el mundo, eh! La verdad verdadera es que ni sé si es mucho o poco esa cifra, simplemente te describo un dato de la realidad.

Contacto 1: “121724”
¿Quéééééééééééé? ¿Qué carajo es eso? Ni siquiera es un nombre. Será una clave de algo. El password de algún mail o del banco. No tengo la menor idea. Espero que no lea esto algún malhechor con ganas de profanar mis tan preciados e-mails. Porque plata en el banco: Ja-Ja, dale, contante otro chiste.

Contacto 2: “70703”
Otro número. ¿Qué onda? Para mí que borracho escribo números para jugarle a la quiniela. Y después, al otro día, lo olvido por completo. Es más, no me gusta el juego. No sé porqué de borracho pensaría en jugarle a algo.

Contacto 3: “A”
Bien. Vamos mejorando. Una letra de nuestro hermosísimo abecedario. Pero, no, no sé qué insinúa esa firme letra A.

Contacto 4: “Claudia / Franco / Juan
A falta de nombres de contacto: ¡TRES! Tres nombres en un mismo contacto. Con un mismo número de teléfono. Ni la más remota idea de quién es esta gente, che.

Contacto 5: “Débora F. Claro”
No conozco a ninguna Débora. Será alguna teleoperadora de ‘Claro’. Sí, será eso, salvo por el pequeño detalle que tengo Personal. ¿Qué fenomeno?

Contacto 6: “Esther Lerner”
No conozco ninguna Esther con ‘H’. Bueno, sin ‘H’ tampoco ¿Quizás una noche de copas me chamuyé a la tía solterona de Alejandro? Nadie de menos de 50 años se puede llamar “Esther”.
Tranca, no voy a escribir todos los contactos, sólo los destacables. Así después podés seguir con tu scroll matutino.

Contacto 7: “Gaona 2000”
Bueno, una dirección, pero a esta altura no quiero averiguar de qué.

Contacto 8: “Máximo Cosetti”Juro por la Santa Biblia que tengo un contacto bajo este nombre. ¿Qué hay en él? Un número de 4 cifras del que no tengo la menor idea. Alguna otra clave o cifra que no debía olvidar. Bueno, parece que tan importante no era.

Contacto 9: “Raúl”
No conozco ningún Raúl, y lo digo remarcando la R: “Rrrrrraúl”, y para peor de males. No tengo un Raulito así nomás, no. Tengo “Raúl”; “Raúl casa”; “Raúl celular”; “Raúl celular 2”. O sea, no me olvidé un contacto cualquiera, me olvidé una persona que parece era importante en mi vida. Si estás leyendo esto, Raúl, te pido mildis.

Contacto 10: “Santiago Aldano Julio”
¿Quién se llama “Santiago Aldano Julio”? Ah, podría ser Santiago Aldano / Julio. Onda que Julio me lo presentó y/o recomendó. A veces hago esas cosas. Pero el Julio que tengo agendado es reciente. O sea, la teoría se desvanece en un mar de olvido.

Eso mismo, ni olvido ni perdón.

Sebastián Culp
2015



10 julio 2015

Nada más frívolo que la estúpida Alegría - Parte 3

Por Lucila Yañez

Toqué algunos acordes sueltos a modo de acompañamiento del discurso conmovedor que improvisé con el objetivo de pedir disculpas por mi torpeza.
Disculpas que fueron amenamente aceptadas, excepto por Olga que decidió ir a recostarse por un instante.
Luego de un silencio algo incómodo y prolongado les comuniqué que tocaría una pieza especialmente compuesta para ellas.
Una de esas desconsideradas cacatúas, ni aunque lo intente podría recordar su nombre, preguntó cómo se llamaba la canción.
Probando las cuerdas y casi murmurando dije “Mis encantadoras amigas del té de los martes... menos Alegría”.
Alegría irrumpió en un convulsionado ataque de tos al atorarse con una de las masitas que ella misma había preparado para esa tarde.
Antes de que esa desdichada pudiera decir algo al respecto arremetí con las cuerdas del arpa.
En medio del avatar supe mirarla de reojo, estaba bebiendo un sorbo de agua para mitigar el ahogo.
El resto de las mujeres observaba expectante mi rutina.
Era espectacularmente liberador.
El tema musical explotaba frente a sus ojos.
Era fantástico.
Mis dedos se movían al ritmo de aquella armonía rabiosa.
Fue espléndido.
Fue espléndido hasta que, de un momento a otro, mis uñas comenzaron a salir proyectadas de mis dedos cual estrellas ninjas, por sobre el minúsculo auditorio.
En un principio no lo noté, inmersa en un frenesí insostenible continué ejecutando el instrumento.
Con tanta pero tanta mala suerte que cuando Olga regresó al living, tras escuchar los gritos y las risas, recibió un impacto de uña en uno de sus ojos.
Alegría se vio obligada a abofetearme para que dejara de tocar, entre tanto, las demás asistían a la recientemente devenida en tuerta.
Pasados tres meses alguien me dijo que Olga había sufrido un severo desprendimiento de retina.
Por supuesto, ya nunca volvieron a invitarme.
¿Y todo por qué?... por culpa de la impertinente de Alegría.
Siempre esa maldita Alegría.
Apelé a todo para que me viera feliz, pero la felicidad ajena la corroe.
A veces siento pena por ella... ¡es tan tristemente frívola la pobre!

Fin.

09 julio 2015

Nada más frívolo que la estúpida Alegría - Parte 2

Por Lucila Yañez

En medio de la vorágine del acto de manicuría ubiqué la diminuta uña del meñique en el dedo índice derecho y viceversa. A veces todavía me pregunto en qué estaba pensando.
Puedo jurar que era casi imperceptible... pero la intratable de Alegría tenía que regocijarse con ese fatídico error.
Todo empeoró de manera rotunda cuando me sugirió que aprovechara las paupérrimas virtudes del pegamento y, simplemente, las arrancara devolviéndolas cada una a su lugar.
Creo que empalidecí.
Una gota de sudor frío recorrió con agilidad mi espalda.
Era obvio, Alegría no sabía que yo había utilizando un pegamento universal que una vez que pega... nada, pero nada, lo despega.
Como acto reflejo balbuceé que era una elección estética personal y a conciencia.
Alegría hizo un esfuerzo descomunal, debo reconocerlo, para contener su risa, de hecho, sus hombros temblaban discretamente, sus ojos se humedecían sin control, pero lo que valoro es que su boca permanecía rígida, inmóvil.
Tuvo que arruinarlo al preguntar con fingida ingenuidad por qué en la mano izquierda no había alterado el orden de las uñas.
Me sentí perdida y no lo puedo aseverar pero creo que atendí el teléfono sin que haya sonado, sólo para dilatar o evadir este maldito asunto que me ponía en ridículo frente a Alegría.
Mantuve una charla prolongada y bastante amena con el tono.
Por pudor, evité observar a Alegría mientras me pavoneaba junto al teléfono.
Conversé durante tanto tiempo que cuando corté y volteé para ver su expresión, Alegría ya no estaba.
En ese momento de intimidad contemplé mis manos.
Intenté despegar la pequeñísima uña de mi dedo índice, pero se volvió imposible.
Coloqué mi dedo bajo el caudal de agua tibia pero, por desgracia, esto era irreversible.
Sucedió a fines de octubre y yo, ridículamente, aún usaba guantes en público.
Semanas después me supe ganar el apodo de “eremita” entre Alegría y las demás ignorantes del té de los martes.
Comencé a callar durante las reuniones por sentirme, en parte, juzgada.
Ellas se mofaban al verme merendar con los guantes puestos. En realidad era un estúpido placebo, nunca supe por qué lo hice... Alegría se había encargado personalmente de relatar una y otra vez, cada perverso martes, la anécdota de mi sesión de manicure.
Con el correr de las reuniones entendí que debía volver esa peculiaridad a mi favor, y así lo hice.
Estaba dispuesta a recuperar la alegría que Alegría había arrebatado de mis manos.
El primer paso fue presentarme un martes al descubierto, sin nada que ocultara mis extremidades.
Sigo recordando el rostro estupefacto de Alegría y aún hoy continúa generándome la misma satisfacción que en aquel mismísimo momento.
Durante ese evento fui un ángel.
Me lucí abriendo con el filo de mis uñas los complejos cierres de los recipientes de queso untable, también los díscolos paquetes de galletitas que poseen ese patético sistema de apertura con la demoníaca cinta roja, que nunca logra realizar el recorrido completo de abertura.
Pero el gran acierto, o lo que creí que sería el verdadero y magnífico acierto, fue comprarme un arpa.
De inmediato, tomé clases con un talentoso profesor paraguayo.
Nunca lo comenté con ellas, sería una sorpresa increíble.
Luego de la sexta clase estuve preparada para componer un tema.
Tema que, lógicamente, titulé “Mis encantadoras amigas del té de los martes... menos Alegría”.
Mi maestro dijo que el título era algo polémico, yo estimo que se refería a que resultaba algo extenso. Honestamente, no me importaba.
La hora de la venganza había llegado.
Consideré que la situación lo ameritaba y, por primera vez, me pinté las uñas con el esmalte color morado mora.
Pasé la noche en vela junto a mi arpa, practiqué una y otra vez.
En ocasiones llamé al profesor en medio de la madrugada para que me escuchara y aconsejara. Todavía había compases que me generaban duda.
Durante el día decidí tomar un baño de inmersión para aliviar tensiones y relajar las manos que, para ese entonces, estaban entumecidas.
Dormité en la tina hasta que por fin desperté.
Me vestí, maquillé y peiné.
Limpié con cuidado y guardé el instrumento en su estuche.
Telefoneé por última vez a mi maestro.
Y digo por última vez porque el muy grosero hilvanó una serie de enérgicas palabras en guaraní permitiéndome intuir que no me estaba deseando buenos augurios para mi performance vespertina.
Llegué al rutinario té de los martes.
Al entrar con el enorme empaque del arpa no pude maniobrar correctamente y destruí en mil pedazos la impecable y antiquísima vajilla con la que siempre merendamos en casa de Olga.
Mientras todas recogíamos los pocos pedazos que no se habían pulverizado, la dueña de casa permanecía sentada en una silla con la cabeza entre las piernas, recuperándose lentamente de la severa descompensación que acababa de sufrir. Por supuesto, Alegría se descostillaba de risa al mismo tiempo que la abanicaba con un ostentoso portarretrato que enmarcaba el rostro siniestro de un pierrot.
Poco después de ese mal trago, tuvimos que tomar el té por turnos en la única taza que había resultado ilesa del brutal ataque del arpa.
Ahí mismo desenfundé mi arma musical.

Continúa.

Nada más frívolo que la estúpida Alegría - Parte 1

Por Lucila Yañez

Lo admito, no soy una persona simple.
Pienso demasiado.
Podría decirse que soy un ser sumamente profundo.
De igual manera, lo prefiero.
Si no pensara seguramente sería un ser feliz, pero frívolo.
Y si hay algo que no concibo es la frivolidad.
Con esto no quiero decir que sea infeliz.
En absoluto. Puedo estar desconforme o algo frustrada, quizás, pero no creo que eso oculte un perfil de mujer desventurada.
De hecho, podría asegurar que en oportunidades luzco como feliz.
Tampoco es cuestión de ir haciendo gala de la fortuna de uno.
Eso es lo peor que se puede hacer.
Cuando uno se muestra dichoso, la gente parece no soportarlo y ahí radican los verdaderos problemas.
Recuerdo una vez que con mis ahorros compré un set de uñas postizas.
Precioso y muy completo.
Consistía en un pegamento, veinte uñas de un largo formidable y dos limas especialmente diseñadas para modelar a gusto este tipo de implantes de coquetería femenil.
Tan completo era, que incluso traía de obsequio dos esmaltes: uno color rosa bouquet y otro morado mora.
En el fragor de la maravillosa compra lo desplegué frente a, por aquel entonces, mi amiga Alegría.
Sí, así se llamaba.
Odiaba su gracia, siempre despotricó contra la excéntrica elección de sus padres.
Es probable que, en ciertas oportunidades, se sintiera un poco presionada por nosotras.
Todas pretendíamos que su singular nombre se correspondiera con su actitud.
Todas esperábamos con avidez su sonrisa.
Ella debía animarnos en situaciones adversas y divertirnos en ocasiones festivas.
No podría precisar con exactitud cuándo, pero Alegría se convirtió en una persona afligida, taciturna y, por sobre todo, tremendamente malintencionada.
Por consiguiente, no me sorprendió que haya lanzado una mirada apática sobre el kit de belleza de manos y me haya asegurado que ese pegamento no sería efectivo para tal propósito.
Me eché a reír y, señalando una estampa del estuche, le expliqué que ese set estaba absolutamente testeado por una reconocidísima asociación que reúne damas que luchan contra la onicofagia.
Su mirada incrédula me intimidó, así que sólo di comienzo a mi ansiada velada de manicure una vez que ella por fin se marchó.
Organicé sobre la mesa los distintos elementos.
Procuré sintonizar una emisora radial que generara un ambiente relajado y adecuado para desempeñar tal tarea de precisión. Opté por un programa que transmitía temas melódicos entonados por pequeñas lumbreras de la canción, o dicho en otras palabras, por niños que eran acercados a la estación de radio local por padres ávidos de hacer realidad sus propios sueños y no los de sus dóciles hijos.
Leí atentamente las instrucciones de uso.
Fue entonces cuando coloqué la primera gota de pegamento en la cavidad de la uña apócrifa.
Con sumo entusiasmo la presioné sobre mi dedo índice izquierdo y esperé.
Esperé hasta corroborar con pavor que aquella sentencia promulgada por la infeliz de Alegría era total y desgraciadamente cierta.
Releí las claves de uso y repetí la maniobra.
No sólo no obtenía el resultado deseado sino que, además, ya había estropeado tres pares de las tan preciadas uñas de fantasía.
Pude imaginar a la que se decía mi amiga sonriendo socarronamente al ratificar que aquel pegamento de pacotilla era de una inutilidad extrema.
Entonces lo decidí.
Sí, señor.
Resolví con premura maquiavélica servirme de un pegamento de calidad efectiva.
No iba a permitir que Alegría me viera derrotada.
Coloqué con admirable firmeza cada una de esas piezas seudoplásticas.
Las voces de los niños cantores acompañaban coreográficamente mi accionar.
Fue maravilloso.
Eran las manos más bellas que jamás había visto... ¡y eran mías!
Claro que Alegría no pensó lo mismo, inmediatamente después de mostrárselas, notó mi equívoco y me lo hizo saber.

Continúa.

07 julio 2015

Yo Filmé Porno: Capítulo 5: El final

Capítulo 5: El final

Llegué a la locación: un locutorio y ciber.
Onda 12 de la noche. Día de semana.
El clima era raro. Había tres chicas y ningún tipo.
En eso llegó el productor re contra puesto, hasta la manija, mandibuleando.
Yo empecé a armar la cámara. El productor hablaba y decía cosas que ya sonaban mal.
Una de las chicas no iba a actuar, ya había filmado otra escena en un estacionamiento de autos, ahora había ido a acompañar a sus amigas. La tenía re contra clara. Esa gente que sabe moverse en el mundo. Le tocó ser puta, pero no se comía la que no le cabía (valga la metáfora-chiste-fácil).
O sea, se iban a filmar sólo dos escenas. Dos chicas y dos tipos.
Llegó uno de los tipos con su novia: una travesti.
“¡Listo, estamos todos!”, dijo el falopa del productor.
“No me daban los números. Pero, bueno, empecemos”, pensé.
Puse la cámara bien alta. Me paré sobre el mostrador de la caja del locutorio y apuntaba hacia una cabina. Ahí el productor me empieza a pedir cosas inentendibles. La cosa se iba caldeando, empezó a elevar la voz. Daba vueltas sobre su eje, daba todas las directivas que no había dado en los 20 videos que filmé, de golpe, ahí, todas juntas. De pronto quería ser Victor Maytland, pero sin saber un carajo. Le gritaba a las minas, al flaco, a mí. Se acercó a donde yo estaba colgado, se subió al lado mío y me gritó: “ACÁ QUIERO LA CÁMARA, ¡¡¡ACÁ!!!”, haciendo un gesto con la mano, poniéndola bien contra la pared y el techo, justo en el angulito. Yo le dije que tenía una Mini-DV PD 170, una cámara de 50 centímetros de largo y tres kilos, no una cámara de seguridad del tamaño de una canica.
Se bajó y siguió con sus delirios. Hora y pico, y todavía estábamos en veremos. Me exigía no sé qué cosa y yo le dije, colgado y todo transpirado: “Si me bajo de acá, es para irme. Te dejo garpando con toda lo que alquilaste”. Ahí reculó, pero apenas. “Estoy haciendo todo lo posible”, seguí diciendo.
Bueno, empezamos a filmar. Un tipo y una chica en una cabina telefónica. El pibe no podía, no se le paraba, con ese clima que sobrevolaba en el ambiente si se le paraba era un milagro. La novia travesti del flaco, que estaba ahí, a un costado, mirando todo, lo llevó al baño para chupársela, para que se le parara y poder filmar la escena.
Así varias veces, pero nada. El flaco llegaba a la cabina donde lo esperaba la actriz y se le bajaba.
Entonces se optó por que no se fuera tan lejos: Su novia travesti se quedó apenas al lado de la cabina (por supuesto que quedaba afuera de cuadro) para chupársela, que se le parara y poder filmar rápido la escena. Mientras la actriz esperaba ahí, adentro de la cabina, desnuda, en cuatro patas con el culo apuntando para la puerta. Esperando el milagro. La travesti mientras le hacía la felatio a su novio, levantó la vista y vio un culo, el culo redondo y desnudo de la mina, y bueno, como estaba tan cerca, y le habrá parecido un lindo culo, ahí desperdiciado, solito, metió mano.
La escena era una travesti chupándole la pija a un tipo, mientras le colaba los dedos a una chica en cuatro, todo esto en un locutorio. Sin dudas, la escena estaba ahí, donde mi cámara hacia el recorte. No me pagaban para filmar eso, el Ruso buscaba otra cosa.
Finalmente el tipo mantuvo la erección y filmamos (ya con la travesti fuera de cámara) más o menos bien.
Después vino la otra escena. La otra mina ya estaba ahí, esperando. Pero el actor no aparecía. El productor me preguntó unas 25 veces si no quería actuar yo. Le dije que no cada vez. Me preguntó una vez más: “Pero ¿por qué no querés actuar?”, “Porque no me cabe, loco”, le respondí ya cansado.
Bueno, la cosa es que como no había conseguido otro actor para hacer la escena, tenía que actuar él. Esto, en principio no era demasiado problema, él ya había hecho cosas parecidas, el tema era que estaba muy drogado. Había tomado mucha falopa, entonces temía que no se le parara. En ese momento entendí el “nerviosismo” de antes. Sabía que iba a tener que enfrentarse con ese dilema. Planté la cámara hacia el box de una computadora. La escena era: un tipo estaba en internet, una chica entraba buscando máquina y se sentaba al lado, se miraban, charlaban dos segundos y a los bifes. Bueno, nada más alejado de esa simple premisa. El productor la estiraba y la estiraba. Hablaba solo, hacia gestos, le hablaba a la mina, le mostraba cosas en su máquina, pero no avanzaba. Parecía una escena de una novela mexicana no una porno.
Así el productor cortó la escena unas 10 veces. Una para acercarse a mi cámara y decirme: “Sebastián, ¡no estamos sacando la escena, eh!”.
“Jajaja, ¿no ESTAMOS sacando la escena?”, pensé yo. “O sea, ¿somos nosotros, vos y yo los que no estamos haciendo las cosas bien?”. Volví a pensar. “Creo que sos vos el que no consiguió a otro actor y vino re contra duro como un yunque”. Pero no dije nada. Si hablaba lo tenía que poner ahí nomás e irme a la mierda. No dije nada. Hicimos un descanso. El productor seguía a los gritos. Se la agarró con la chica de su escena.
Ya serían como las 2 de la mañana. Yo me fui a la puerta, me apoyé sobre un auto, al lado de una de las chicas que ese día no filmaba, la que la tenía clara. Salí puteando, re caliente, si fumara ese sería el momento ideal para hacerlo, pero no, no fumo. Ella sí fumaba. Le pregunté por qué no se iban a la mierda. No es que me quise hacer el Travis Bickle, defensor de putas, pero me parecía cualquiera lo que estaba haciendo el pelotudo ese. La mina estaba tranquila, fumaba y no había metido bocado en toda la noche. Me dijo que era así, que a veces pasaban esas cosas, que era común, que me quedara tranquilo.
Comentario que no hacía más que mostrarme cuán lejos estaba de ese mundo, que tierno que era, que pollito mojado en una tierra de leones con rabia. Obvio que ella era una víctima, pero era una víctima anestesiada.
Un bajón todo. La mina, de unos 25 años, tenía más ruta que dos veces yo —ahora que tengo 35—.
Finalmente se pudo hacer la escena. “Hacer” es un decir, porque lo que hicieron el productor y la chica fue fingir. Como no había planos detalle, se las ingenió (tampoco hay que ser una luz) para que pareciera que le estaba dando masa cuando en realidad tenía la pija muerta.
Qué liiindo, ¿esto no se trataba de hacer calentar a alguien? ¿No se supone que esto lo tiene que ver gente para que se excite, y esas cosas?
Bueno, fuimos el productor y yo a lo del Ruso. Yo como siempre, tenía que ir a bajar el material, el productor no sé, tenía que ir a hacer base y a justificar el papelón de trabajo que le estábamos llevando. En el auto discutimos, pero era como hablar con un Playmobil, no me escuchaba y respondía lo que su mundo de fantasía le dictaba.
No me acuerdo qué le dije al Ruso, tampoco era cuestión de ir con el cuento, pero charlamos, yo estaba re caliente. El Ruso, escuchaba, trataba de entender y ver qué era lo que pasaba. Por momentos se reía, todo el tiempo se reía y masticaba chicle. Me decía que no pasaba nada.
Bajamos el material en la computadora. Ese material imperdible. Único. Impactante. Que iba a revolucionar la internet toda.
Yo guardé mis cosas, me fui y no volví nunca más.

No tengo idea de si pudieron usar las escenas de esa noche en el locutorio/ciber.

Ni si el productor siguió filmando con el Ruso

Ni qué fue de la vida de la chica que fumaba apoyada en el auto esa noche.

Pero de lo que sí estoy seguro es que si el Ruso sigue en ese departamento, el guardaespaldas debe estar hundido en el mismo y desvencijado sillón individual mirando televisión a todo volumen.

Nota General I: Una vez el Ruso me propuso filmar videos de gays. Me dijo que había más plata. Me llamó y me mostró una imagen pausada e la computadora de un negro acabando sobre otro tipo. Me dijo: “¿Qué ves?”, sin dejarme pronunciar palabra, dijo: “Yo soy heterosexual, a mí me gustan las chicas, pero yo acá, —y me señaló la pija del negro— veo billetes... veo plata, dólares”. Y se rió. Como siempre. Se rió mientras masticaba chicle.

Nota General II: Una vez había ido a bajar el material después de una filmación y estaban solamente el Ruso y el productor. Mientras esperábamos que el material terminara de pasar, los dos me miraban raro y se reían. Daban vueltas por toda la casa, se hacían miraditas, gestos cómplices pero sin disimulo. Yo les pregunté que qué mierda les pasaba. Y riéndose, me decían que nada.
Ok, quizás vi muchas películas y series, pero por un momento tuve miedo. Pensé en Okupas, en el Negro Pablo y “abrir el libro en la página 7”. Pensé que me iban a abrir al medio y me iban a destripar ahí nomás.
Bueno, quizás exageré un poco, pero algo pasaba. Era obvio.

Fin.

Sebastián Culp
2015

26 junio 2015

Yo Filmé Porno: Capítulo 4

Capítulo 4: Fresco y Batata / Una morocha divina / El guardaespaldas enfiestado

Empecé a buscar locaciones. Me pagaban más.
Salía a la media tarde y recorría posibles escenarios: locutorios, heladerías, kioscos. No entraba de una, miraba a ver qué onda, que no hubiera mucha gente, tanteaba.
Cuando una me cerraba, por ejemplo, una gomería. Entraba. Mi speech consistía en hablar normalmente y decir que era de una productora, que estábamos buscando una gomería como esa, le contaba las condiciones, la plata que le podíamos pagar, el horario, etc. Sin mencionar de qué se trataba la filmación. Si todo esto estaba más o menos bien, ahí sí, hacía un silencio, y le decía: “Y bueno... lo que tenemos que filmar son... videos porno”. Cuando le dije eso al flaco de la gomería —que ya había sigo buena onda— se volvió loco, me dio un golpecito con la parte de arriba de la mano en la panza, y lanzó un “¡Me estás jodiendo!”. Yo me reí y le dije que no. Lo que antes había sido buena predisposición, ahora era devoción. Dijo que sí, que lo hiciéramos, que no había ningún problema, que lo llame en cualquier momento, que sí, que podía, que estaba todo re bien.
Listo. Teníamos locación.
Fuimos a filmar a la madrugada, hacía un frío de la san puta.
Íbamos a hacer dos videos: había dos chicas y dos tipos que eran taxi boy, uno más inflado que el otro. No podían coordinar una idea. No sé cómo hacían para caminar y respirar a la vez. Yo me trepé con la cámara sobre un escritorio que estaba arriba de no sé qué, y filmaba todo bien picado. Una escena se hacía apuntando hacia una montaña de gomas y una bañera (que se usaba para detectar pinchaduras). El flaco no podía, no se le paraba. Posta, es re jodido. De los 20 videos que habré filmado a la mitad no se le paró. Y más con ese frío, te la regalo. Entonces la mina le ponía el pecho, y la boca. Se metieron los dos en un bañito (para que el flaco se relajara en la intimidad) y se la empezó a chupar para que se le pare, volver al set y poder filmar. Ahí es donde digo que el chabón tenía todos los caramelos pegoteados. Yo me quedé ahí arriba, colgado, esperando, y de refilón escuché lo que pasaba en el baño. Se ve que la mina hizo bien lo que tenía que hacer porque el flaco quería acabar. O, sea, el flaco quería acabar ahí, ¿entienden? Ella le decía que no, que tenían que ir a filmar, que para eso se la estaba chupando, no por otra cosa. Pero el flaco, que tenía un Playmobil en la cabeza no entendía, quería acabar y punto. Un fenómeno. La mina, que sí tenía sentido común, paró justo, salió del baño y fue para el set. Ahí después el chabón la siguió y pudieron filmar, más o menos algo decente.
Con la otra escena pasó algo más o menos parecido: a la chica, de unos 25 años, le había divertido filmar, estaba exultante, le preguntó al otro taxi boy —después del acto frente a la cámara— cómo había estado, qué le había parecido (era la primera vez que filmaba). Y el tipo no sé qué cosa balbuceó. Le acababa de dar bomba a una morocha divina, tenía la piel color café con leche, suave, de pelo corto y con esos positos que se forman al lado de la boca por la risa, era divertida, linda, una belleza, y el chabón este no podía hilar un mínimo de respuesta coherente. Por favor, eran Fresco y Batata los taxi boy.
Eh... sí, la mina me gustó. No voy a esquivar el asunto. Fue la única vez que en el momento de la filmación me pasó algo más o menos, parecido a la “calentura”.
Después de ahí yo tenía que bajar el material en lo del Ruso. Era un día de semana, serían las 3 de la mañana. Fuimos con mi auto, el productor y yo, y no sé por qué también vinieron las dos chicas. Los mamotretos de los taxi boy se las tomaron.
El productor iba enfiestado, como yendo a una fiesta electrónica. Yo, aunque no pareciera, estaba trabajando, tenía varios de miles de pesos en la cámara, no podía boludear.
Llegamos a lo del Ruso, que estaba esperándonos, y su guardaespaldas estaba mirando televisión, como siempre. No hablaba, ni se movía. Yo fui con el Ruso al estudio a poner a bajar el material en la computadora.
Pusieron música, el Ruso le quería dar a una de las chicas, a la más grande, y el productor chamuyaba con la otra. Pero la mina ni bola, era copada pero si no le cabía, no le cabía. Tomábamos cerveza y hablábamos.
En eso, el guardaespaldas se levantó del sillón de un cuerpo que estaba frente al televisor y nos llamó al Ruso, al productor y a mí. Nos metió en la cocina, cerró la puerta, agarró una botella de un vodka bueno en serio, sirvió cuatro vasitos, dijo algo en perfecto ruso y los cuatro hicimos fondo blanco. Yo no sé si quería, pero tomé. Volvió a servir, nos habló de cerca a cada uno, a la vez que nos agarró la cabeza con su brazo ancho como el tentáculo de un pulpo gigante. Volvimos a dejar los shots vacíos. Gritó algo, se empezaba a poner colorado, luego se rió, nosotros nos reímos. Yo de nerviosismo, los otros no sé. La puerta se abrió, y salimos. Gracias a Dios. Igual se empezaba a notar un perfil bonachón en el guardaespaldas, pero no podía descifrarlo con exactitud. Era como ver una película rusa sin subtítulos. Quizás algunos gestos sacás, pero vení a contarme la trama.
Estaba todo bien, sabía que estaba viviendo un momento como para contar, pero no conocía a todos, no sabía bien lo que podía pasar. Como que cuando terminara de bajar el material, me mandaba a mudar.
Mientras tanto el Ruso seguía persiguiendo a una de las chicas. A la más grande, tendría 30 años largos, tenía hijos, una casa. Ella medio que se resistía, se tenía que ir, no paraba de repetir que tenía que ir a despertar al hijo para llevarlo al colegio. Pero no se iba. Y no lo hacía de barrilete, lo hacía porque sabía como eran las cosas. Sabía que el Ruso le podía dar trabajo y mucho, y muy bien pago. El Ruso también sabía, y abusaba de esto.
5:02 El Ruso correteaba a la mina.
5:31 Ella le seguía la corriente, charlaban. El Ruso la chamuyaba como si estuviera en un boliche. Quizás le gustaba de verdad y no era una mera calentura. Peor todavía.
5:45 El Ruso repetía suavemente, nunca con violencia: “Y bueno... que falte hoy al colegio”.
La violencia estaba en otro lado. Yo no me hago el puritano, pero no lo podía creer. Quizás estuve en alguna situación de poder por sobre otra persona, pero al verlo de afuera tan claramente, me daba asco.
Listo, el material terminó de bajar. “Yo me voy”, dije.
6:02 Bajamos todos.

El Ruso y la chica se pasaron los contactos.

La chica se fue. Jamás supe si llegó a despertar al hijo para llevarlo al colegio.

Tampoco sé si se llamaron o si trabajaron juntos.

El Ruso siguió filmando videos pornos.

A mí me quedaba poco.


Sebastián Culp
2015.

25 junio 2015

Yo Filmé Porno: Capítulo 3

Capítulo 3: La fantasía de un motoquero

Las chicas eran amigas del productor, que era medio dealer en boliches. Las conocía de páginas de escorts, y esas cosas. Todo re legal y limpio. Las chicas eran escort, los tipos —en su mayoría— taxi boy, muchos no entendían nada. Metían el pito adonde les decían que tenían que meterlo. Cogían como quien le da a un cacho de bife de lomo. Quizás se debía a que fueran gays, casi seguro que lo eran, o al menos bisexuales, pero lo hacían sin alma, sin ganas. Como quien come sin hambre.
No pasaba nada en esas escenas. La idea del erotismo o de lo sexual estaba en otro lado, muy lejos, a kilómetros.
Una de las pocas cosas buenas que hizo el productor fue llevar a sus amigos en lugar de algún taxi boy. Tipos comunes, no los supuestamente trabajadores del acto sexual: los entrenados, los musculosos y viriles, sino cocineros, kiosqueros, oficinistas, remiseros.
Un día llamó a un amigo que era motoquero de mensajería. Llegó de laburar, se dio una ducha y se fue a filmar una escenita. Estaba loco el chabón. No lo podía creer. Yo estaba en una escalera con la cámara apuntando hacia abajo. El chabón, re sacado. La mina más fría que los huevos de Disney. No pasaba nada, pero el chabón volaba. Era su fantasía más grande. Su aventura más loca toda junta ahí, en la punta de la chota. Empezaron a garchar, el flaco le daba besos en la boca, en la cara. Ya era su novia. La mina, que no se quejaba, tampoco demostraba placer. No demostraba nada. Les juro que ni se me atontó la pija, era más sensual ver el Gourmet a las 4 de la tarde.
Yo estaba con la cámara en el descanso de la escalera, entre dos pisos, me quedaba para chequear que esté todo bien, que una pata del trípode no se deslizara y cayera de trompa mi herramienta de trabajo. Miraba a través de la cámara, pero también miraba la escena sin el visor de por medio.
De pronto el motoquero le dice algo al oído a la mina. Algo que obvio no llegué a escuchar. No estaba tan cerca. La mina no reaccionó, el tipo reincidió. La mina, que se movía por el bombeo del garche, saltó y dijo: “Noooooo, no voy a hacer eso”. El chabón, que estaría llegando a destino, se empezó a poner loco, le daba duro, fuerte, la mina apenas gemía, apenas daba grititos muy fofos. Bombeaban fuerte, le daba contra la pared, ella de espaldas, el flaco volvió a decirle algo al oído, le susurró. Ok, es un perverso (o bueno, todos quizá tengamos algo de eso, pero la onda es hacerlo con alguien que sepa y/o le guste, recibirlo). Acá la mina lo miraba con asco. Tenía la pija del flaco adentro, y le daba asco. Pero seguía. Tenía que seguir. Era su trabajo. Seguía recibiendo todo su sexo. Les juro que yo por momentos me iba al piso de arriba, los dejaba garchar solos.
Quería presenciar algunas escenas, no les voy a mentir, me daba curiosidad o morbo, o las dos cosas, pero ya no. Esto era un “tanto no quería saber”. Deambulaba por el piso de arriba, a la espera de que el flaco terminara. Digo el flaco, porque la mina estaba a leguas de algo parecido al placer. Cada tanto me acercaba a la cámara y chequeaba.
El tipo insistía con hablarle al oído y la mina seguía negando. “¿Qué carajo le pedirá?”, pensaba. Pero a él no le importaba nada, estaba cabalgando por las colinas de su más grande fantasía sexual, y estaba llegando a la cumbre. Bueno, llegó, listo, a otra cosa. La mina se fue a cambiar y el productor estaba contento, la escena había funcionado bien. Su amigo estuvo perfecto. Me preguntó a mí si salió todo bien. Le dije que sí. El amigo, devenido en estrella porno, estaba todo transpirado, todavía no lo podía creer. Esa mañana se levantó como todos los días, fumó un porrito y se fue a manejar la moto… y mirá cómo está ahora, con los pantalones bajos y un forro colgándole de la pija. Se reía, estaba radiante. Agotado de todo el día, pero feliz. El productor lo miró y le dijo: “¡Qué polvazo te echaste, hijo de puta, eh!”.

Sebastián Culp
2015

23 junio 2015

Yo Filmé Porno: Capítulo 2

Capítulo 2: Estoy en Poringa

Empecé a presenciar los videos. No recuerdo cuál fue el primero. En serio. No, en serio, en serio. Posta, no me acuerdo. Bueh, no me crean.
Para amortizar o, mejor dicho, para multiplicar su ganancia el Ruso metía dos o tres escenas en el día. O sea, dos o tres videos. 
Esto es: un día, una cámara, una locación, varias chicas, varios actores = Varios videos = Varios miles de pesos —que seguro serían dólares—.
Un solo edificio de oficinas del centro podía ofrecer tres espléndidas escenas:
una en las escaleras, entre el piso 4to y 5to; otro en el ascensor; y otro en el palier, tapiando con una tela negra la puerta de calle, claro.

Las chicas tenían que ser distintas cada vez, pero como a veces el “productor” no llegaba a convocarlas —o no sé qué pasaba— debían recurrir al disfraz. Una chica que había actuado la semana pasada en el video de la heladería había sido convocada para este, en el edificio. Pero no importa, unos anteojos de sol, una gorra visera y listo, es “otra persona”. Una luz el productor, eh.
En la escena del ascensor actué yo. No, no es lo que piensan. Había plantado la cámara de manera tal que enfocara hacia el ascensor. Dejé grabando y bajamos un piso con el tipo y la mina. Acto seguido, subimos hacia el piso en cuestión, ahí yo debía bajar, abrir las puertas, saludar, cerrar y salir de cuadro. Por alguna razón, el tipo debía volver a abrir las puertas y dejarlas de par en par, mirar hacia ambos lados, y sin más arrinconar a la mina —que no sé si debía resistirse o no—. La cosa es que después de más o menos 3.5 segundos ya estaban garchando. Listo, la ilusión estaba creada. Y yo había tenido mi primer bolo en una película porno.
El productor había conseguido ese edificio de oficinas porque vivía cerca y conocía al encargado: un viejo, con el pelo mojado, peinado para atrás bien tirante, anteojos y esa cara de “recién me levanto de dormir la siesta, mejor no me hables”. La supuesta cara de orto no correspondía con su estado de ánimo real. Estaba exaltadísimo con la novedad. Hacía todo lo que le pedían, ayudaba en el “set”, etc. Y cuando la situación daba se quedaba mirando la escena.
En una de esas, mientras esperábamos a que una chica se preparara, el encargado se me acerca y me codea diciendo: “Qué barbaridad esos que filman películas con nenas chiquitas, ¿no?”. Lo decía en claro repudio, pero había un gesto muy oscuro y perverso en esa cara, como que intentaba tirarme de la lengua. Me dio un asco tremendo. No sé qué cosa le balbuceé y seguí con lo mío, mientras pensaba: “Ah... qué lindo ambiente este, la re concha bien de la lora”.

Nota: Un amigo —mucho tiempo después— me llamó desesperado porque buceando en una página de índole pornográfica me vio en un video bajando de un ascensor.
“Mamá, llegué. Ah, no, pará, mamá no mires eso, no, ¡nooo!”.

Sebastián Culp
2015

19 junio 2015

Yo Filmé Porno: Introducción / Capítulo 1

Introducción
Durante varios años trabajé como camarógrafo freelance. Tenía una cámara, un trípode y salía a la guerra a filmar lo que sea: Bar Mitzvah; casamientos; cumpleaños de 50 de algún ricachón en un country; carreras de caballos; no-partidos de fútbol de Independiente (filmaba a la tribuna al mejor estilo “El Aguante”); carreras de autos en la loma del orto; recitales copados a 5 o 7 cámaras en Obras para el DVD oficial de esa banda; el Personal Fest de no sé qué año; o el festival “30 años de Punk”, donde me mandaron a filmar a la fosa por mi altura. Qué linda la fosa, justo entre los músicos y el público. Justo-justo para recibir las ofrendas que esa cultura acostumbra a entregar a sus ídolos: garzos.
Pero mayormente la pasaba bien.
Un día un amigo me llamó para unas jornadas: “Filmar porno”, me dijo sin vueltas.
Ahá, ok. Cómo no.
Fui a un bar. Hablé con un pibe, el “productor”. Lo pongo entre comillas porque en realidad era un pibe de la noche, mucha pastilla, mucho boliche, que conocía prostitutas pagas, taxi boys, y era amigo del “director”, bueno, del tipo que encargaba el trabajo.
Ah, claro, lo que hace un productor, ¿no?
Bueno, la cosa es que no eran películas porno, lo que uno dice Películas Porno, eran más bien “videos”. Y no videos así nomás, sino que había que emular videos de cámara de seguridad. Hermoso.
Cámara de seguridad de palieres de edificio; cámara de seguridad en heladerías (que obvio todo, ¿no?); en gomerías; en oficinas; en ascensores, en locutorios y gimnasios.
1 locación.
1 chica.
1 tipo.
1 cámara.
1 productor.
Y listo. El “director” ni iba. ¿Para qué? Era todo con luz natural, con cámara fija, un solo plano secuencia. (Un plano secuencia, Dios, Hitchcock se está estrangulando los dos huevos en la tumba con una “Soga”). No había que marcar la intención de la escena, ni repasar la letra, ni nada. Era porno sin sonido, sin tamaños de plano, ni movimiento de cámara, ni... era porno, punto.
Yo iba a la locación, plantaba la cámara bien alta, le ponía un lente angular para dar más sensación de “lejanía”, le daba al botón de Rec y me tenía que ir.
Sí, las primeras veces me tuve que ir del “set” porque las chicas querían estar a solas con su partenaire. Está perfecto. No pasa nada. O sea, está todo bien.
Las primeras veces, después eso cambió.
De eso se trata esta historia.
De mi estadía por el mundillo del porno.
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Capítulo 1: Un “virgo” en tierras desconocidas

El primer día.
Me citaron a la 1 o 2 de la tarde de un sábado.
Lugar: Microcentro. Un edificio de oficinas.
Me encontré con el productor en la puerta.
Demasiado limpio.
Demasiado bañado y perfumado.
¿Qué onda?
Subimos al edificio, a las oficinas. En el ascensor el pibe se iba acomodando la pija por adentro del pantalón. Tenía hasta las cejas depiladas y el pelo con gel.
“¿Este es el productor?, ¡este va a garchar!”, pensé.
Bajamos en tal piso. Las oficinas estaban en total funcionamiento, había carpetas, papeles, pero ahí, un sábado, estaban desoladas. Era un lugar común, amplio, con varios escritorios y después oficinas chicas, onda de gerentes o algo así.
Nos había cedido el paso a las oficinas el encargado, el tipo que las cuidaba.
Lo que sospechaba, no me pude quedar, ni filmar. Planté la cámara en una oficina chica, con un escritorio y una computadora. Puse el tape, hice los balances de blanco, desplegué el trípode bien alto, le di rosca al lente angular y listo. Solo faltaba poner “Rec”.
—Buenoo... ...— me dijo el productor.
—Ok, me voy— dije yo.
Me fui a “hacer tiempo”.
Ni me acuerdo qué hice.
Volví a las 4 o 5 horas.
Había movimiento en la oficina.
Estaban los actores, el productor y el director (cómo era la primera vez fue) y alguno más que no sé.
El director y dueño del proyecto era ruso. Y le decían “Ruso”. No “Ruso” de Villa Crespo, Ruso de Rusia, de Moscú. Era grandote y rubio, abusaba de pantalones blancos, de cadenitas de oro y masticaba chicle todo el día.
Me lo presentaron. Hablaba en un castellano rasposo, pero se hacía entender bien. Era entrador, gracioso.
Charlamos dos segundos. Estaba ocupado.
Fui a agarrar mis equipos que estaban en otro rincón de las oficinas, habían filmado varias escenas. La cámara había quedado en un plano que era un insulto. Torcido, mal plantado, feo. Sé que muchos toman el porno como un arte y está bien, pero no todo el porno es arte. Este no lo era. Esto era gente cogiendo adelante de una cámara fija, y está bien. Ellos buscaban eso.
Las chicas salieron del baño: una petisa que rajaba la tierra. La otra, era la doble de Mariana De Melo. Se estarían limpiando, pensé. Y no es que tenga la mente podrida, era obvio.
Mientras guardaba mis cosas veía el “set” y no pude evitar pensar: “Acá trabaja gente. El lunes va a venir un pobre infeliz a completar mil planillas de Excel a esta oficina, como si nada, sin sospechar que el sábado una petisa estuvo en cuatro patas garchando sobre su escritorio para una película porno”.
Y lo más gracioso de todo —pienso ahora— jamás lo va a saber.
Mientras guardaba todo, vi que había un tipo más ruso que el Ruso. Era más ancho y más rubio. Con la cara más dura y los ojos entre atentos y aburridos. No emitía sonido. Dejé de mirarlo, por las dudas.
El productor me dio los casetes con lo filmado y me encargó que baje el material a DVD. “Ah, ok, ¿me das el material a mí?, dale, no hay problema, yo me encargo”.
Saludé a todos con un gesto y me fui. Claramente era un forastero, era un “virgo” en tierras desconocidas.
En la semana hice la bajada del material y lo llevé a las oficinas del Ruso: un departamento cualquiera del centro. Un lugar que aparte de funcionar de centro de operaciones era su casa. Me muestra mínimamente su estudio y me comenta de qué va todo esto. Me comenta que un portal de afuera le encarga el trabajo. Él tiene que filmarlo, editarlo (muy mínimamente) y subirlo a la web. A las chicas que —muchas de ellas— no quieren aparecer en la red (porque no son actrices porno declaradas, sino trabajadoras sexuales) les dicen que es para un portal ruso, que por más que googlees y recontra googlees acá, en Argentina, no aparece nada relacionado con ellas.
Genios del “chamuyo”. Es internet, maestro, ¿cómo no va a aparecer? En fin.
Charlamos con el Ruso, todo bien. Vimos el material por arriba. Le gustó como filmaba mi cámara y supongo que le caí bien, porque me encargó varias jornadas más.
La plata era buena. No una locura, pero era buena. Y tenía mucho laburo para pasarme.
Saliendo del estudio, pasamos por el living y vi al otro ruso, el ancho y serio. Estaba sentado frente al televisor mirando algo a todo volumen. No emitía sonido, y en ningún momento giró la cabeza para ver qué pasaba, quién era yo, ni nada.
El Ruso me dijo riéndose y masticando chicle: “Es mi guardaespaldas”.
“Ahhhh, ok, tenés guardaespaldas... No, está bien, qué normal todo”, pensé mientras me iba y aceptaba el trabajo.

Nota I: Sinceramente no me quedé con el material. Lo vi, claro, tampoco es cuestión que venga acá a mentirles, lo vi, sí, pero no hice copia.
Nota II: Sí, el productor esa tarde garchó.

Sebastián Culp
2015