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28 julio 2015

Los novios saludarán en el atrio

Una vez que la pareja de novios es formalmente bendecida, el sacerdote da vía libre a la pasión y dice: "Puede besar a la novia". ¿¡Novia!?, acaba de decir: "Los declaro marido y mujer", ¿existe incongruencia mayor? Un ápice de sentido común, Señor, o acaso somos nosotros los únicos que creemos que debería decir: "Puede besar a la esposa".


13 julio 2015

Contactos del celular

Más aburrido que Cristo en la cruz, agarré el celular. Todo joven moderno del hoy cuando no sabe qué corno hacer agarra el celular. Me vi todos los videos de WhatsApp que bordean la perversión más profunda; respondí a cada uno de los mensajes de los grupos, todas boludeces, claro; scrollee en Twitter y pensé en vano algún tuit genial; chequee mails y me vi las 7589 fotos que vengo acumulando y me prometo bajar a la computadora desde el 2010.
¿Entonces?
Mi diversión estaba en juego.
No podía seguir así ni un segundo más. Mirá si en una de esas me pongo a pensar en cosas de la vida, en “¿Adónde hemos llegado?”; o “Cómo pasa el tiempo”. No, por Dios.
Entonces… ¡pah! La palabra “contactos”, me vino a mí como un rayo espectral del recóndito más allá
¿A ver los contactos que tengo?
Y descubrí algo increíble.
Tengo contactos agendados que no sólo no tengo ni la más remota idea de quiénes son, sino que en muchos casos si siquiera son personas humanas.

Ampliamos:
Tengo 252 contactos, no me hago el capo carismático, hiper conectado con el mundo, eh! La verdad verdadera es que ni sé si es mucho o poco esa cifra, simplemente te describo un dato de la realidad.

Contacto 1: “121724”
¿Quéééééééééééé? ¿Qué carajo es eso? Ni siquiera es un nombre. Será una clave de algo. El password de algún mail o del banco. No tengo la menor idea. Espero que no lea esto algún malhechor con ganas de profanar mis tan preciados e-mails. Porque plata en el banco: Ja-Ja, dale, contante otro chiste.

Contacto 2: “70703”
Otro número. ¿Qué onda? Para mí que borracho escribo números para jugarle a la quiniela. Y después, al otro día, lo olvido por completo. Es más, no me gusta el juego. No sé porqué de borracho pensaría en jugarle a algo.

Contacto 3: “A”
Bien. Vamos mejorando. Una letra de nuestro hermosísimo abecedario. Pero, no, no sé qué insinúa esa firme letra A.

Contacto 4: “Claudia / Franco / Juan
A falta de nombres de contacto: ¡TRES! Tres nombres en un mismo contacto. Con un mismo número de teléfono. Ni la más remota idea de quién es esta gente, che.

Contacto 5: “Débora F. Claro”
No conozco a ninguna Débora. Será alguna teleoperadora de ‘Claro’. Sí, será eso, salvo por el pequeño detalle que tengo Personal. ¿Qué fenomeno?

Contacto 6: “Esther Lerner”
No conozco ninguna Esther con ‘H’. Bueno, sin ‘H’ tampoco ¿Quizás una noche de copas me chamuyé a la tía solterona de Alejandro? Nadie de menos de 50 años se puede llamar “Esther”.
Tranca, no voy a escribir todos los contactos, sólo los destacables. Así después podés seguir con tu scroll matutino.

Contacto 7: “Gaona 2000”
Bueno, una dirección, pero a esta altura no quiero averiguar de qué.

Contacto 8: “Máximo Cosetti”Juro por la Santa Biblia que tengo un contacto bajo este nombre. ¿Qué hay en él? Un número de 4 cifras del que no tengo la menor idea. Alguna otra clave o cifra que no debía olvidar. Bueno, parece que tan importante no era.

Contacto 9: “Raúl”
No conozco ningún Raúl, y lo digo remarcando la R: “Rrrrrraúl”, y para peor de males. No tengo un Raulito así nomás, no. Tengo “Raúl”; “Raúl casa”; “Raúl celular”; “Raúl celular 2”. O sea, no me olvidé un contacto cualquiera, me olvidé una persona que parece era importante en mi vida. Si estás leyendo esto, Raúl, te pido mildis.

Contacto 10: “Santiago Aldano Julio”
¿Quién se llama “Santiago Aldano Julio”? Ah, podría ser Santiago Aldano / Julio. Onda que Julio me lo presentó y/o recomendó. A veces hago esas cosas. Pero el Julio que tengo agendado es reciente. O sea, la teoría se desvanece en un mar de olvido.

Eso mismo, ni olvido ni perdón.

Sebastián Culp
2015



10 julio 2015

Nada más frívolo que la estúpida Alegría - Parte 3

Por Lucila Yañez

Toqué algunos acordes sueltos a modo de acompañamiento del discurso conmovedor que improvisé con el objetivo de pedir disculpas por mi torpeza.
Disculpas que fueron amenamente aceptadas, excepto por Olga que decidió ir a recostarse por un instante.
Luego de un silencio algo incómodo y prolongado les comuniqué que tocaría una pieza especialmente compuesta para ellas.
Una de esas desconsideradas cacatúas, ni aunque lo intente podría recordar su nombre, preguntó cómo se llamaba la canción.
Probando las cuerdas y casi murmurando dije “Mis encantadoras amigas del té de los martes... menos Alegría”.
Alegría irrumpió en un convulsionado ataque de tos al atorarse con una de las masitas que ella misma había preparado para esa tarde.
Antes de que esa desdichada pudiera decir algo al respecto arremetí con las cuerdas del arpa.
En medio del avatar supe mirarla de reojo, estaba bebiendo un sorbo de agua para mitigar el ahogo.
El resto de las mujeres observaba expectante mi rutina.
Era espectacularmente liberador.
El tema musical explotaba frente a sus ojos.
Era fantástico.
Mis dedos se movían al ritmo de aquella armonía rabiosa.
Fue espléndido.
Fue espléndido hasta que, de un momento a otro, mis uñas comenzaron a salir proyectadas de mis dedos cual estrellas ninjas, por sobre el minúsculo auditorio.
En un principio no lo noté, inmersa en un frenesí insostenible continué ejecutando el instrumento.
Con tanta pero tanta mala suerte que cuando Olga regresó al living, tras escuchar los gritos y las risas, recibió un impacto de uña en uno de sus ojos.
Alegría se vio obligada a abofetearme para que dejara de tocar, entre tanto, las demás asistían a la recientemente devenida en tuerta.
Pasados tres meses alguien me dijo que Olga había sufrido un severo desprendimiento de retina.
Por supuesto, ya nunca volvieron a invitarme.
¿Y todo por qué?... por culpa de la impertinente de Alegría.
Siempre esa maldita Alegría.
Apelé a todo para que me viera feliz, pero la felicidad ajena la corroe.
A veces siento pena por ella... ¡es tan tristemente frívola la pobre!

Fin.

09 julio 2015

Nada más frívolo que la estúpida Alegría - Parte 2

Por Lucila Yañez

En medio de la vorágine del acto de manicuría ubiqué la diminuta uña del meñique en el dedo índice derecho y viceversa. A veces todavía me pregunto en qué estaba pensando.
Puedo jurar que era casi imperceptible... pero la intratable de Alegría tenía que regocijarse con ese fatídico error.
Todo empeoró de manera rotunda cuando me sugirió que aprovechara las paupérrimas virtudes del pegamento y, simplemente, las arrancara devolviéndolas cada una a su lugar.
Creo que empalidecí.
Una gota de sudor frío recorrió con agilidad mi espalda.
Era obvio, Alegría no sabía que yo había utilizando un pegamento universal que una vez que pega... nada, pero nada, lo despega.
Como acto reflejo balbuceé que era una elección estética personal y a conciencia.
Alegría hizo un esfuerzo descomunal, debo reconocerlo, para contener su risa, de hecho, sus hombros temblaban discretamente, sus ojos se humedecían sin control, pero lo que valoro es que su boca permanecía rígida, inmóvil.
Tuvo que arruinarlo al preguntar con fingida ingenuidad por qué en la mano izquierda no había alterado el orden de las uñas.
Me sentí perdida y no lo puedo aseverar pero creo que atendí el teléfono sin que haya sonado, sólo para dilatar o evadir este maldito asunto que me ponía en ridículo frente a Alegría.
Mantuve una charla prolongada y bastante amena con el tono.
Por pudor, evité observar a Alegría mientras me pavoneaba junto al teléfono.
Conversé durante tanto tiempo que cuando corté y volteé para ver su expresión, Alegría ya no estaba.
En ese momento de intimidad contemplé mis manos.
Intenté despegar la pequeñísima uña de mi dedo índice, pero se volvió imposible.
Coloqué mi dedo bajo el caudal de agua tibia pero, por desgracia, esto era irreversible.
Sucedió a fines de octubre y yo, ridículamente, aún usaba guantes en público.
Semanas después me supe ganar el apodo de “eremita” entre Alegría y las demás ignorantes del té de los martes.
Comencé a callar durante las reuniones por sentirme, en parte, juzgada.
Ellas se mofaban al verme merendar con los guantes puestos. En realidad era un estúpido placebo, nunca supe por qué lo hice... Alegría se había encargado personalmente de relatar una y otra vez, cada perverso martes, la anécdota de mi sesión de manicure.
Con el correr de las reuniones entendí que debía volver esa peculiaridad a mi favor, y así lo hice.
Estaba dispuesta a recuperar la alegría que Alegría había arrebatado de mis manos.
El primer paso fue presentarme un martes al descubierto, sin nada que ocultara mis extremidades.
Sigo recordando el rostro estupefacto de Alegría y aún hoy continúa generándome la misma satisfacción que en aquel mismísimo momento.
Durante ese evento fui un ángel.
Me lucí abriendo con el filo de mis uñas los complejos cierres de los recipientes de queso untable, también los díscolos paquetes de galletitas que poseen ese patético sistema de apertura con la demoníaca cinta roja, que nunca logra realizar el recorrido completo de abertura.
Pero el gran acierto, o lo que creí que sería el verdadero y magnífico acierto, fue comprarme un arpa.
De inmediato, tomé clases con un talentoso profesor paraguayo.
Nunca lo comenté con ellas, sería una sorpresa increíble.
Luego de la sexta clase estuve preparada para componer un tema.
Tema que, lógicamente, titulé “Mis encantadoras amigas del té de los martes... menos Alegría”.
Mi maestro dijo que el título era algo polémico, yo estimo que se refería a que resultaba algo extenso. Honestamente, no me importaba.
La hora de la venganza había llegado.
Consideré que la situación lo ameritaba y, por primera vez, me pinté las uñas con el esmalte color morado mora.
Pasé la noche en vela junto a mi arpa, practiqué una y otra vez.
En ocasiones llamé al profesor en medio de la madrugada para que me escuchara y aconsejara. Todavía había compases que me generaban duda.
Durante el día decidí tomar un baño de inmersión para aliviar tensiones y relajar las manos que, para ese entonces, estaban entumecidas.
Dormité en la tina hasta que por fin desperté.
Me vestí, maquillé y peiné.
Limpié con cuidado y guardé el instrumento en su estuche.
Telefoneé por última vez a mi maestro.
Y digo por última vez porque el muy grosero hilvanó una serie de enérgicas palabras en guaraní permitiéndome intuir que no me estaba deseando buenos augurios para mi performance vespertina.
Llegué al rutinario té de los martes.
Al entrar con el enorme empaque del arpa no pude maniobrar correctamente y destruí en mil pedazos la impecable y antiquísima vajilla con la que siempre merendamos en casa de Olga.
Mientras todas recogíamos los pocos pedazos que no se habían pulverizado, la dueña de casa permanecía sentada en una silla con la cabeza entre las piernas, recuperándose lentamente de la severa descompensación que acababa de sufrir. Por supuesto, Alegría se descostillaba de risa al mismo tiempo que la abanicaba con un ostentoso portarretrato que enmarcaba el rostro siniestro de un pierrot.
Poco después de ese mal trago, tuvimos que tomar el té por turnos en la única taza que había resultado ilesa del brutal ataque del arpa.
Ahí mismo desenfundé mi arma musical.

Continúa.

Nada más frívolo que la estúpida Alegría - Parte 1

Por Lucila Yañez

Lo admito, no soy una persona simple.
Pienso demasiado.
Podría decirse que soy un ser sumamente profundo.
De igual manera, lo prefiero.
Si no pensara seguramente sería un ser feliz, pero frívolo.
Y si hay algo que no concibo es la frivolidad.
Con esto no quiero decir que sea infeliz.
En absoluto. Puedo estar desconforme o algo frustrada, quizás, pero no creo que eso oculte un perfil de mujer desventurada.
De hecho, podría asegurar que en oportunidades luzco como feliz.
Tampoco es cuestión de ir haciendo gala de la fortuna de uno.
Eso es lo peor que se puede hacer.
Cuando uno se muestra dichoso, la gente parece no soportarlo y ahí radican los verdaderos problemas.
Recuerdo una vez que con mis ahorros compré un set de uñas postizas.
Precioso y muy completo.
Consistía en un pegamento, veinte uñas de un largo formidable y dos limas especialmente diseñadas para modelar a gusto este tipo de implantes de coquetería femenil.
Tan completo era, que incluso traía de obsequio dos esmaltes: uno color rosa bouquet y otro morado mora.
En el fragor de la maravillosa compra lo desplegué frente a, por aquel entonces, mi amiga Alegría.
Sí, así se llamaba.
Odiaba su gracia, siempre despotricó contra la excéntrica elección de sus padres.
Es probable que, en ciertas oportunidades, se sintiera un poco presionada por nosotras.
Todas pretendíamos que su singular nombre se correspondiera con su actitud.
Todas esperábamos con avidez su sonrisa.
Ella debía animarnos en situaciones adversas y divertirnos en ocasiones festivas.
No podría precisar con exactitud cuándo, pero Alegría se convirtió en una persona afligida, taciturna y, por sobre todo, tremendamente malintencionada.
Por consiguiente, no me sorprendió que haya lanzado una mirada apática sobre el kit de belleza de manos y me haya asegurado que ese pegamento no sería efectivo para tal propósito.
Me eché a reír y, señalando una estampa del estuche, le expliqué que ese set estaba absolutamente testeado por una reconocidísima asociación que reúne damas que luchan contra la onicofagia.
Su mirada incrédula me intimidó, así que sólo di comienzo a mi ansiada velada de manicure una vez que ella por fin se marchó.
Organicé sobre la mesa los distintos elementos.
Procuré sintonizar una emisora radial que generara un ambiente relajado y adecuado para desempeñar tal tarea de precisión. Opté por un programa que transmitía temas melódicos entonados por pequeñas lumbreras de la canción, o dicho en otras palabras, por niños que eran acercados a la estación de radio local por padres ávidos de hacer realidad sus propios sueños y no los de sus dóciles hijos.
Leí atentamente las instrucciones de uso.
Fue entonces cuando coloqué la primera gota de pegamento en la cavidad de la uña apócrifa.
Con sumo entusiasmo la presioné sobre mi dedo índice izquierdo y esperé.
Esperé hasta corroborar con pavor que aquella sentencia promulgada por la infeliz de Alegría era total y desgraciadamente cierta.
Releí las claves de uso y repetí la maniobra.
No sólo no obtenía el resultado deseado sino que, además, ya había estropeado tres pares de las tan preciadas uñas de fantasía.
Pude imaginar a la que se decía mi amiga sonriendo socarronamente al ratificar que aquel pegamento de pacotilla era de una inutilidad extrema.
Entonces lo decidí.
Sí, señor.
Resolví con premura maquiavélica servirme de un pegamento de calidad efectiva.
No iba a permitir que Alegría me viera derrotada.
Coloqué con admirable firmeza cada una de esas piezas seudoplásticas.
Las voces de los niños cantores acompañaban coreográficamente mi accionar.
Fue maravilloso.
Eran las manos más bellas que jamás había visto... ¡y eran mías!
Claro que Alegría no pensó lo mismo, inmediatamente después de mostrárselas, notó mi equívoco y me lo hizo saber.

Continúa.

07 julio 2015

Yo Filmé Porno: Capítulo 5: El final

Capítulo 5: El final

Llegué a la locación: un locutorio y ciber.
Onda 12 de la noche. Día de semana.
El clima era raro. Había tres chicas y ningún tipo.
En eso llegó el productor re contra puesto, hasta la manija, mandibuleando.
Yo empecé a armar la cámara. El productor hablaba y decía cosas que ya sonaban mal.
Una de las chicas no iba a actuar, ya había filmado otra escena en un estacionamiento de autos, ahora había ido a acompañar a sus amigas. La tenía re contra clara. Esa gente que sabe moverse en el mundo. Le tocó ser puta, pero no se comía la que no le cabía (valga la metáfora-chiste-fácil).
O sea, se iban a filmar sólo dos escenas. Dos chicas y dos tipos.
Llegó uno de los tipos con su novia: una travesti.
“¡Listo, estamos todos!”, dijo el falopa del productor.
“No me daban los números. Pero, bueno, empecemos”, pensé.
Puse la cámara bien alta. Me paré sobre el mostrador de la caja del locutorio y apuntaba hacia una cabina. Ahí el productor me empieza a pedir cosas inentendibles. La cosa se iba caldeando, empezó a elevar la voz. Daba vueltas sobre su eje, daba todas las directivas que no había dado en los 20 videos que filmé, de golpe, ahí, todas juntas. De pronto quería ser Victor Maytland, pero sin saber un carajo. Le gritaba a las minas, al flaco, a mí. Se acercó a donde yo estaba colgado, se subió al lado mío y me gritó: “ACÁ QUIERO LA CÁMARA, ¡¡¡ACÁ!!!”, haciendo un gesto con la mano, poniéndola bien contra la pared y el techo, justo en el angulito. Yo le dije que tenía una Mini-DV PD 170, una cámara de 50 centímetros de largo y tres kilos, no una cámara de seguridad del tamaño de una canica.
Se bajó y siguió con sus delirios. Hora y pico, y todavía estábamos en veremos. Me exigía no sé qué cosa y yo le dije, colgado y todo transpirado: “Si me bajo de acá, es para irme. Te dejo garpando con toda lo que alquilaste”. Ahí reculó, pero apenas. “Estoy haciendo todo lo posible”, seguí diciendo.
Bueno, empezamos a filmar. Un tipo y una chica en una cabina telefónica. El pibe no podía, no se le paraba, con ese clima que sobrevolaba en el ambiente si se le paraba era un milagro. La novia travesti del flaco, que estaba ahí, a un costado, mirando todo, lo llevó al baño para chupársela, para que se le parara y poder filmar la escena.
Así varias veces, pero nada. El flaco llegaba a la cabina donde lo esperaba la actriz y se le bajaba.
Entonces se optó por que no se fuera tan lejos: Su novia travesti se quedó apenas al lado de la cabina (por supuesto que quedaba afuera de cuadro) para chupársela, que se le parara y poder filmar rápido la escena. Mientras la actriz esperaba ahí, adentro de la cabina, desnuda, en cuatro patas con el culo apuntando para la puerta. Esperando el milagro. La travesti mientras le hacía la felatio a su novio, levantó la vista y vio un culo, el culo redondo y desnudo de la mina, y bueno, como estaba tan cerca, y le habrá parecido un lindo culo, ahí desperdiciado, solito, metió mano.
La escena era una travesti chupándole la pija a un tipo, mientras le colaba los dedos a una chica en cuatro, todo esto en un locutorio. Sin dudas, la escena estaba ahí, donde mi cámara hacia el recorte. No me pagaban para filmar eso, el Ruso buscaba otra cosa.
Finalmente el tipo mantuvo la erección y filmamos (ya con la travesti fuera de cámara) más o menos bien.
Después vino la otra escena. La otra mina ya estaba ahí, esperando. Pero el actor no aparecía. El productor me preguntó unas 25 veces si no quería actuar yo. Le dije que no cada vez. Me preguntó una vez más: “Pero ¿por qué no querés actuar?”, “Porque no me cabe, loco”, le respondí ya cansado.
Bueno, la cosa es que como no había conseguido otro actor para hacer la escena, tenía que actuar él. Esto, en principio no era demasiado problema, él ya había hecho cosas parecidas, el tema era que estaba muy drogado. Había tomado mucha falopa, entonces temía que no se le parara. En ese momento entendí el “nerviosismo” de antes. Sabía que iba a tener que enfrentarse con ese dilema. Planté la cámara hacia el box de una computadora. La escena era: un tipo estaba en internet, una chica entraba buscando máquina y se sentaba al lado, se miraban, charlaban dos segundos y a los bifes. Bueno, nada más alejado de esa simple premisa. El productor la estiraba y la estiraba. Hablaba solo, hacia gestos, le hablaba a la mina, le mostraba cosas en su máquina, pero no avanzaba. Parecía una escena de una novela mexicana no una porno.
Así el productor cortó la escena unas 10 veces. Una para acercarse a mi cámara y decirme: “Sebastián, ¡no estamos sacando la escena, eh!”.
“Jajaja, ¿no ESTAMOS sacando la escena?”, pensé yo. “O sea, ¿somos nosotros, vos y yo los que no estamos haciendo las cosas bien?”. Volví a pensar. “Creo que sos vos el que no consiguió a otro actor y vino re contra duro como un yunque”. Pero no dije nada. Si hablaba lo tenía que poner ahí nomás e irme a la mierda. No dije nada. Hicimos un descanso. El productor seguía a los gritos. Se la agarró con la chica de su escena.
Ya serían como las 2 de la mañana. Yo me fui a la puerta, me apoyé sobre un auto, al lado de una de las chicas que ese día no filmaba, la que la tenía clara. Salí puteando, re caliente, si fumara ese sería el momento ideal para hacerlo, pero no, no fumo. Ella sí fumaba. Le pregunté por qué no se iban a la mierda. No es que me quise hacer el Travis Bickle, defensor de putas, pero me parecía cualquiera lo que estaba haciendo el pelotudo ese. La mina estaba tranquila, fumaba y no había metido bocado en toda la noche. Me dijo que era así, que a veces pasaban esas cosas, que era común, que me quedara tranquilo.
Comentario que no hacía más que mostrarme cuán lejos estaba de ese mundo, que tierno que era, que pollito mojado en una tierra de leones con rabia. Obvio que ella era una víctima, pero era una víctima anestesiada.
Un bajón todo. La mina, de unos 25 años, tenía más ruta que dos veces yo —ahora que tengo 35—.
Finalmente se pudo hacer la escena. “Hacer” es un decir, porque lo que hicieron el productor y la chica fue fingir. Como no había planos detalle, se las ingenió (tampoco hay que ser una luz) para que pareciera que le estaba dando masa cuando en realidad tenía la pija muerta.
Qué liiindo, ¿esto no se trataba de hacer calentar a alguien? ¿No se supone que esto lo tiene que ver gente para que se excite, y esas cosas?
Bueno, fuimos el productor y yo a lo del Ruso. Yo como siempre, tenía que ir a bajar el material, el productor no sé, tenía que ir a hacer base y a justificar el papelón de trabajo que le estábamos llevando. En el auto discutimos, pero era como hablar con un Playmobil, no me escuchaba y respondía lo que su mundo de fantasía le dictaba.
No me acuerdo qué le dije al Ruso, tampoco era cuestión de ir con el cuento, pero charlamos, yo estaba re caliente. El Ruso, escuchaba, trataba de entender y ver qué era lo que pasaba. Por momentos se reía, todo el tiempo se reía y masticaba chicle. Me decía que no pasaba nada.
Bajamos el material en la computadora. Ese material imperdible. Único. Impactante. Que iba a revolucionar la internet toda.
Yo guardé mis cosas, me fui y no volví nunca más.

No tengo idea de si pudieron usar las escenas de esa noche en el locutorio/ciber.

Ni si el productor siguió filmando con el Ruso

Ni qué fue de la vida de la chica que fumaba apoyada en el auto esa noche.

Pero de lo que sí estoy seguro es que si el Ruso sigue en ese departamento, el guardaespaldas debe estar hundido en el mismo y desvencijado sillón individual mirando televisión a todo volumen.

Nota General I: Una vez el Ruso me propuso filmar videos de gays. Me dijo que había más plata. Me llamó y me mostró una imagen pausada e la computadora de un negro acabando sobre otro tipo. Me dijo: “¿Qué ves?”, sin dejarme pronunciar palabra, dijo: “Yo soy heterosexual, a mí me gustan las chicas, pero yo acá, —y me señaló la pija del negro— veo billetes... veo plata, dólares”. Y se rió. Como siempre. Se rió mientras masticaba chicle.

Nota General II: Una vez había ido a bajar el material después de una filmación y estaban solamente el Ruso y el productor. Mientras esperábamos que el material terminara de pasar, los dos me miraban raro y se reían. Daban vueltas por toda la casa, se hacían miraditas, gestos cómplices pero sin disimulo. Yo les pregunté que qué mierda les pasaba. Y riéndose, me decían que nada.
Ok, quizás vi muchas películas y series, pero por un momento tuve miedo. Pensé en Okupas, en el Negro Pablo y “abrir el libro en la página 7”. Pensé que me iban a abrir al medio y me iban a destripar ahí nomás.
Bueno, quizás exageré un poco, pero algo pasaba. Era obvio.

Fin.

Sebastián Culp
2015

26 junio 2015

Yo Filmé Porno: Capítulo 4

Capítulo 4: Fresco y Batata / Una morocha divina / El guardaespaldas enfiestado

Empecé a buscar locaciones. Me pagaban más.
Salía a la media tarde y recorría posibles escenarios: locutorios, heladerías, kioscos. No entraba de una, miraba a ver qué onda, que no hubiera mucha gente, tanteaba.
Cuando una me cerraba, por ejemplo, una gomería. Entraba. Mi speech consistía en hablar normalmente y decir que era de una productora, que estábamos buscando una gomería como esa, le contaba las condiciones, la plata que le podíamos pagar, el horario, etc. Sin mencionar de qué se trataba la filmación. Si todo esto estaba más o menos bien, ahí sí, hacía un silencio, y le decía: “Y bueno... lo que tenemos que filmar son... videos porno”. Cuando le dije eso al flaco de la gomería —que ya había sigo buena onda— se volvió loco, me dio un golpecito con la parte de arriba de la mano en la panza, y lanzó un “¡Me estás jodiendo!”. Yo me reí y le dije que no. Lo que antes había sido buena predisposición, ahora era devoción. Dijo que sí, que lo hiciéramos, que no había ningún problema, que lo llame en cualquier momento, que sí, que podía, que estaba todo re bien.
Listo. Teníamos locación.
Fuimos a filmar a la madrugada, hacía un frío de la san puta.
Íbamos a hacer dos videos: había dos chicas y dos tipos que eran taxi boy, uno más inflado que el otro. No podían coordinar una idea. No sé cómo hacían para caminar y respirar a la vez. Yo me trepé con la cámara sobre un escritorio que estaba arriba de no sé qué, y filmaba todo bien picado. Una escena se hacía apuntando hacia una montaña de gomas y una bañera (que se usaba para detectar pinchaduras). El flaco no podía, no se le paraba. Posta, es re jodido. De los 20 videos que habré filmado a la mitad no se le paró. Y más con ese frío, te la regalo. Entonces la mina le ponía el pecho, y la boca. Se metieron los dos en un bañito (para que el flaco se relajara en la intimidad) y se la empezó a chupar para que se le pare, volver al set y poder filmar. Ahí es donde digo que el chabón tenía todos los caramelos pegoteados. Yo me quedé ahí arriba, colgado, esperando, y de refilón escuché lo que pasaba en el baño. Se ve que la mina hizo bien lo que tenía que hacer porque el flaco quería acabar. O, sea, el flaco quería acabar ahí, ¿entienden? Ella le decía que no, que tenían que ir a filmar, que para eso se la estaba chupando, no por otra cosa. Pero el flaco, que tenía un Playmobil en la cabeza no entendía, quería acabar y punto. Un fenómeno. La mina, que sí tenía sentido común, paró justo, salió del baño y fue para el set. Ahí después el chabón la siguió y pudieron filmar, más o menos algo decente.
Con la otra escena pasó algo más o menos parecido: a la chica, de unos 25 años, le había divertido filmar, estaba exultante, le preguntó al otro taxi boy —después del acto frente a la cámara— cómo había estado, qué le había parecido (era la primera vez que filmaba). Y el tipo no sé qué cosa balbuceó. Le acababa de dar bomba a una morocha divina, tenía la piel color café con leche, suave, de pelo corto y con esos positos que se forman al lado de la boca por la risa, era divertida, linda, una belleza, y el chabón este no podía hilar un mínimo de respuesta coherente. Por favor, eran Fresco y Batata los taxi boy.
Eh... sí, la mina me gustó. No voy a esquivar el asunto. Fue la única vez que en el momento de la filmación me pasó algo más o menos, parecido a la “calentura”.
Después de ahí yo tenía que bajar el material en lo del Ruso. Era un día de semana, serían las 3 de la mañana. Fuimos con mi auto, el productor y yo, y no sé por qué también vinieron las dos chicas. Los mamotretos de los taxi boy se las tomaron.
El productor iba enfiestado, como yendo a una fiesta electrónica. Yo, aunque no pareciera, estaba trabajando, tenía varios de miles de pesos en la cámara, no podía boludear.
Llegamos a lo del Ruso, que estaba esperándonos, y su guardaespaldas estaba mirando televisión, como siempre. No hablaba, ni se movía. Yo fui con el Ruso al estudio a poner a bajar el material en la computadora.
Pusieron música, el Ruso le quería dar a una de las chicas, a la más grande, y el productor chamuyaba con la otra. Pero la mina ni bola, era copada pero si no le cabía, no le cabía. Tomábamos cerveza y hablábamos.
En eso, el guardaespaldas se levantó del sillón de un cuerpo que estaba frente al televisor y nos llamó al Ruso, al productor y a mí. Nos metió en la cocina, cerró la puerta, agarró una botella de un vodka bueno en serio, sirvió cuatro vasitos, dijo algo en perfecto ruso y los cuatro hicimos fondo blanco. Yo no sé si quería, pero tomé. Volvió a servir, nos habló de cerca a cada uno, a la vez que nos agarró la cabeza con su brazo ancho como el tentáculo de un pulpo gigante. Volvimos a dejar los shots vacíos. Gritó algo, se empezaba a poner colorado, luego se rió, nosotros nos reímos. Yo de nerviosismo, los otros no sé. La puerta se abrió, y salimos. Gracias a Dios. Igual se empezaba a notar un perfil bonachón en el guardaespaldas, pero no podía descifrarlo con exactitud. Era como ver una película rusa sin subtítulos. Quizás algunos gestos sacás, pero vení a contarme la trama.
Estaba todo bien, sabía que estaba viviendo un momento como para contar, pero no conocía a todos, no sabía bien lo que podía pasar. Como que cuando terminara de bajar el material, me mandaba a mudar.
Mientras tanto el Ruso seguía persiguiendo a una de las chicas. A la más grande, tendría 30 años largos, tenía hijos, una casa. Ella medio que se resistía, se tenía que ir, no paraba de repetir que tenía que ir a despertar al hijo para llevarlo al colegio. Pero no se iba. Y no lo hacía de barrilete, lo hacía porque sabía como eran las cosas. Sabía que el Ruso le podía dar trabajo y mucho, y muy bien pago. El Ruso también sabía, y abusaba de esto.
5:02 El Ruso correteaba a la mina.
5:31 Ella le seguía la corriente, charlaban. El Ruso la chamuyaba como si estuviera en un boliche. Quizás le gustaba de verdad y no era una mera calentura. Peor todavía.
5:45 El Ruso repetía suavemente, nunca con violencia: “Y bueno... que falte hoy al colegio”.
La violencia estaba en otro lado. Yo no me hago el puritano, pero no lo podía creer. Quizás estuve en alguna situación de poder por sobre otra persona, pero al verlo de afuera tan claramente, me daba asco.
Listo, el material terminó de bajar. “Yo me voy”, dije.
6:02 Bajamos todos.

El Ruso y la chica se pasaron los contactos.

La chica se fue. Jamás supe si llegó a despertar al hijo para llevarlo al colegio.

Tampoco sé si se llamaron o si trabajaron juntos.

El Ruso siguió filmando videos pornos.

A mí me quedaba poco.


Sebastián Culp
2015.

25 junio 2015

Yo Filmé Porno: Capítulo 3

Capítulo 3: La fantasía de un motoquero

Las chicas eran amigas del productor, que era medio dealer en boliches. Las conocía de páginas de escorts, y esas cosas. Todo re legal y limpio. Las chicas eran escort, los tipos —en su mayoría— taxi boy, muchos no entendían nada. Metían el pito adonde les decían que tenían que meterlo. Cogían como quien le da a un cacho de bife de lomo. Quizás se debía a que fueran gays, casi seguro que lo eran, o al menos bisexuales, pero lo hacían sin alma, sin ganas. Como quien come sin hambre.
No pasaba nada en esas escenas. La idea del erotismo o de lo sexual estaba en otro lado, muy lejos, a kilómetros.
Una de las pocas cosas buenas que hizo el productor fue llevar a sus amigos en lugar de algún taxi boy. Tipos comunes, no los supuestamente trabajadores del acto sexual: los entrenados, los musculosos y viriles, sino cocineros, kiosqueros, oficinistas, remiseros.
Un día llamó a un amigo que era motoquero de mensajería. Llegó de laburar, se dio una ducha y se fue a filmar una escenita. Estaba loco el chabón. No lo podía creer. Yo estaba en una escalera con la cámara apuntando hacia abajo. El chabón, re sacado. La mina más fría que los huevos de Disney. No pasaba nada, pero el chabón volaba. Era su fantasía más grande. Su aventura más loca toda junta ahí, en la punta de la chota. Empezaron a garchar, el flaco le daba besos en la boca, en la cara. Ya era su novia. La mina, que no se quejaba, tampoco demostraba placer. No demostraba nada. Les juro que ni se me atontó la pija, era más sensual ver el Gourmet a las 4 de la tarde.
Yo estaba con la cámara en el descanso de la escalera, entre dos pisos, me quedaba para chequear que esté todo bien, que una pata del trípode no se deslizara y cayera de trompa mi herramienta de trabajo. Miraba a través de la cámara, pero también miraba la escena sin el visor de por medio.
De pronto el motoquero le dice algo al oído a la mina. Algo que obvio no llegué a escuchar. No estaba tan cerca. La mina no reaccionó, el tipo reincidió. La mina, que se movía por el bombeo del garche, saltó y dijo: “Noooooo, no voy a hacer eso”. El chabón, que estaría llegando a destino, se empezó a poner loco, le daba duro, fuerte, la mina apenas gemía, apenas daba grititos muy fofos. Bombeaban fuerte, le daba contra la pared, ella de espaldas, el flaco volvió a decirle algo al oído, le susurró. Ok, es un perverso (o bueno, todos quizá tengamos algo de eso, pero la onda es hacerlo con alguien que sepa y/o le guste, recibirlo). Acá la mina lo miraba con asco. Tenía la pija del flaco adentro, y le daba asco. Pero seguía. Tenía que seguir. Era su trabajo. Seguía recibiendo todo su sexo. Les juro que yo por momentos me iba al piso de arriba, los dejaba garchar solos.
Quería presenciar algunas escenas, no les voy a mentir, me daba curiosidad o morbo, o las dos cosas, pero ya no. Esto era un “tanto no quería saber”. Deambulaba por el piso de arriba, a la espera de que el flaco terminara. Digo el flaco, porque la mina estaba a leguas de algo parecido al placer. Cada tanto me acercaba a la cámara y chequeaba.
El tipo insistía con hablarle al oído y la mina seguía negando. “¿Qué carajo le pedirá?”, pensaba. Pero a él no le importaba nada, estaba cabalgando por las colinas de su más grande fantasía sexual, y estaba llegando a la cumbre. Bueno, llegó, listo, a otra cosa. La mina se fue a cambiar y el productor estaba contento, la escena había funcionado bien. Su amigo estuvo perfecto. Me preguntó a mí si salió todo bien. Le dije que sí. El amigo, devenido en estrella porno, estaba todo transpirado, todavía no lo podía creer. Esa mañana se levantó como todos los días, fumó un porrito y se fue a manejar la moto… y mirá cómo está ahora, con los pantalones bajos y un forro colgándole de la pija. Se reía, estaba radiante. Agotado de todo el día, pero feliz. El productor lo miró y le dijo: “¡Qué polvazo te echaste, hijo de puta, eh!”.

Sebastián Culp
2015

23 junio 2015

Yo Filmé Porno: Capítulo 2

Capítulo 2: Estoy en Poringa

Empecé a presenciar los videos. No recuerdo cuál fue el primero. En serio. No, en serio, en serio. Posta, no me acuerdo. Bueh, no me crean.
Para amortizar o, mejor dicho, para multiplicar su ganancia el Ruso metía dos o tres escenas en el día. O sea, dos o tres videos. 
Esto es: un día, una cámara, una locación, varias chicas, varios actores = Varios videos = Varios miles de pesos —que seguro serían dólares—.
Un solo edificio de oficinas del centro podía ofrecer tres espléndidas escenas:
una en las escaleras, entre el piso 4to y 5to; otro en el ascensor; y otro en el palier, tapiando con una tela negra la puerta de calle, claro.

Las chicas tenían que ser distintas cada vez, pero como a veces el “productor” no llegaba a convocarlas —o no sé qué pasaba— debían recurrir al disfraz. Una chica que había actuado la semana pasada en el video de la heladería había sido convocada para este, en el edificio. Pero no importa, unos anteojos de sol, una gorra visera y listo, es “otra persona”. Una luz el productor, eh.
En la escena del ascensor actué yo. No, no es lo que piensan. Había plantado la cámara de manera tal que enfocara hacia el ascensor. Dejé grabando y bajamos un piso con el tipo y la mina. Acto seguido, subimos hacia el piso en cuestión, ahí yo debía bajar, abrir las puertas, saludar, cerrar y salir de cuadro. Por alguna razón, el tipo debía volver a abrir las puertas y dejarlas de par en par, mirar hacia ambos lados, y sin más arrinconar a la mina —que no sé si debía resistirse o no—. La cosa es que después de más o menos 3.5 segundos ya estaban garchando. Listo, la ilusión estaba creada. Y yo había tenido mi primer bolo en una película porno.
El productor había conseguido ese edificio de oficinas porque vivía cerca y conocía al encargado: un viejo, con el pelo mojado, peinado para atrás bien tirante, anteojos y esa cara de “recién me levanto de dormir la siesta, mejor no me hables”. La supuesta cara de orto no correspondía con su estado de ánimo real. Estaba exaltadísimo con la novedad. Hacía todo lo que le pedían, ayudaba en el “set”, etc. Y cuando la situación daba se quedaba mirando la escena.
En una de esas, mientras esperábamos a que una chica se preparara, el encargado se me acerca y me codea diciendo: “Qué barbaridad esos que filman películas con nenas chiquitas, ¿no?”. Lo decía en claro repudio, pero había un gesto muy oscuro y perverso en esa cara, como que intentaba tirarme de la lengua. Me dio un asco tremendo. No sé qué cosa le balbuceé y seguí con lo mío, mientras pensaba: “Ah... qué lindo ambiente este, la re concha bien de la lora”.

Nota: Un amigo —mucho tiempo después— me llamó desesperado porque buceando en una página de índole pornográfica me vio en un video bajando de un ascensor.
“Mamá, llegué. Ah, no, pará, mamá no mires eso, no, ¡nooo!”.

Sebastián Culp
2015

19 junio 2015

Yo Filmé Porno: Introducción / Capítulo 1

Introducción
Durante varios años trabajé como camarógrafo freelance. Tenía una cámara, un trípode y salía a la guerra a filmar lo que sea: Bar Mitzvah; casamientos; cumpleaños de 50 de algún ricachón en un country; carreras de caballos; no-partidos de fútbol de Independiente (filmaba a la tribuna al mejor estilo “El Aguante”); carreras de autos en la loma del orto; recitales copados a 5 o 7 cámaras en Obras para el DVD oficial de esa banda; el Personal Fest de no sé qué año; o el festival “30 años de Punk”, donde me mandaron a filmar a la fosa por mi altura. Qué linda la fosa, justo entre los músicos y el público. Justo-justo para recibir las ofrendas que esa cultura acostumbra a entregar a sus ídolos: garzos.
Pero mayormente la pasaba bien.
Un día un amigo me llamó para unas jornadas: “Filmar porno”, me dijo sin vueltas.
Ahá, ok. Cómo no.
Fui a un bar. Hablé con un pibe, el “productor”. Lo pongo entre comillas porque en realidad era un pibe de la noche, mucha pastilla, mucho boliche, que conocía prostitutas pagas, taxi boys, y era amigo del “director”, bueno, del tipo que encargaba el trabajo.
Ah, claro, lo que hace un productor, ¿no?
Bueno, la cosa es que no eran películas porno, lo que uno dice Películas Porno, eran más bien “videos”. Y no videos así nomás, sino que había que emular videos de cámara de seguridad. Hermoso.
Cámara de seguridad de palieres de edificio; cámara de seguridad en heladerías (que obvio todo, ¿no?); en gomerías; en oficinas; en ascensores, en locutorios y gimnasios.
1 locación.
1 chica.
1 tipo.
1 cámara.
1 productor.
Y listo. El “director” ni iba. ¿Para qué? Era todo con luz natural, con cámara fija, un solo plano secuencia. (Un plano secuencia, Dios, Hitchcock se está estrangulando los dos huevos en la tumba con una “Soga”). No había que marcar la intención de la escena, ni repasar la letra, ni nada. Era porno sin sonido, sin tamaños de plano, ni movimiento de cámara, ni... era porno, punto.
Yo iba a la locación, plantaba la cámara bien alta, le ponía un lente angular para dar más sensación de “lejanía”, le daba al botón de Rec y me tenía que ir.
Sí, las primeras veces me tuve que ir del “set” porque las chicas querían estar a solas con su partenaire. Está perfecto. No pasa nada. O sea, está todo bien.
Las primeras veces, después eso cambió.
De eso se trata esta historia.
De mi estadía por el mundillo del porno.
_________________

Capítulo 1: Un “virgo” en tierras desconocidas

El primer día.
Me citaron a la 1 o 2 de la tarde de un sábado.
Lugar: Microcentro. Un edificio de oficinas.
Me encontré con el productor en la puerta.
Demasiado limpio.
Demasiado bañado y perfumado.
¿Qué onda?
Subimos al edificio, a las oficinas. En el ascensor el pibe se iba acomodando la pija por adentro del pantalón. Tenía hasta las cejas depiladas y el pelo con gel.
“¿Este es el productor?, ¡este va a garchar!”, pensé.
Bajamos en tal piso. Las oficinas estaban en total funcionamiento, había carpetas, papeles, pero ahí, un sábado, estaban desoladas. Era un lugar común, amplio, con varios escritorios y después oficinas chicas, onda de gerentes o algo así.
Nos había cedido el paso a las oficinas el encargado, el tipo que las cuidaba.
Lo que sospechaba, no me pude quedar, ni filmar. Planté la cámara en una oficina chica, con un escritorio y una computadora. Puse el tape, hice los balances de blanco, desplegué el trípode bien alto, le di rosca al lente angular y listo. Solo faltaba poner “Rec”.
—Buenoo... ...— me dijo el productor.
—Ok, me voy— dije yo.
Me fui a “hacer tiempo”.
Ni me acuerdo qué hice.
Volví a las 4 o 5 horas.
Había movimiento en la oficina.
Estaban los actores, el productor y el director (cómo era la primera vez fue) y alguno más que no sé.
El director y dueño del proyecto era ruso. Y le decían “Ruso”. No “Ruso” de Villa Crespo, Ruso de Rusia, de Moscú. Era grandote y rubio, abusaba de pantalones blancos, de cadenitas de oro y masticaba chicle todo el día.
Me lo presentaron. Hablaba en un castellano rasposo, pero se hacía entender bien. Era entrador, gracioso.
Charlamos dos segundos. Estaba ocupado.
Fui a agarrar mis equipos que estaban en otro rincón de las oficinas, habían filmado varias escenas. La cámara había quedado en un plano que era un insulto. Torcido, mal plantado, feo. Sé que muchos toman el porno como un arte y está bien, pero no todo el porno es arte. Este no lo era. Esto era gente cogiendo adelante de una cámara fija, y está bien. Ellos buscaban eso.
Las chicas salieron del baño: una petisa que rajaba la tierra. La otra, era la doble de Mariana De Melo. Se estarían limpiando, pensé. Y no es que tenga la mente podrida, era obvio.
Mientras guardaba mis cosas veía el “set” y no pude evitar pensar: “Acá trabaja gente. El lunes va a venir un pobre infeliz a completar mil planillas de Excel a esta oficina, como si nada, sin sospechar que el sábado una petisa estuvo en cuatro patas garchando sobre su escritorio para una película porno”.
Y lo más gracioso de todo —pienso ahora— jamás lo va a saber.
Mientras guardaba todo, vi que había un tipo más ruso que el Ruso. Era más ancho y más rubio. Con la cara más dura y los ojos entre atentos y aburridos. No emitía sonido. Dejé de mirarlo, por las dudas.
El productor me dio los casetes con lo filmado y me encargó que baje el material a DVD. “Ah, ok, ¿me das el material a mí?, dale, no hay problema, yo me encargo”.
Saludé a todos con un gesto y me fui. Claramente era un forastero, era un “virgo” en tierras desconocidas.
En la semana hice la bajada del material y lo llevé a las oficinas del Ruso: un departamento cualquiera del centro. Un lugar que aparte de funcionar de centro de operaciones era su casa. Me muestra mínimamente su estudio y me comenta de qué va todo esto. Me comenta que un portal de afuera le encarga el trabajo. Él tiene que filmarlo, editarlo (muy mínimamente) y subirlo a la web. A las chicas que —muchas de ellas— no quieren aparecer en la red (porque no son actrices porno declaradas, sino trabajadoras sexuales) les dicen que es para un portal ruso, que por más que googlees y recontra googlees acá, en Argentina, no aparece nada relacionado con ellas.
Genios del “chamuyo”. Es internet, maestro, ¿cómo no va a aparecer? En fin.
Charlamos con el Ruso, todo bien. Vimos el material por arriba. Le gustó como filmaba mi cámara y supongo que le caí bien, porque me encargó varias jornadas más.
La plata era buena. No una locura, pero era buena. Y tenía mucho laburo para pasarme.
Saliendo del estudio, pasamos por el living y vi al otro ruso, el ancho y serio. Estaba sentado frente al televisor mirando algo a todo volumen. No emitía sonido, y en ningún momento giró la cabeza para ver qué pasaba, quién era yo, ni nada.
El Ruso me dijo riéndose y masticando chicle: “Es mi guardaespaldas”.
“Ahhhh, ok, tenés guardaespaldas... No, está bien, qué normal todo”, pensé mientras me iba y aceptaba el trabajo.

Nota I: Sinceramente no me quedé con el material. Lo vi, claro, tampoco es cuestión que venga acá a mentirles, lo vi, sí, pero no hice copia.
Nota II: Sí, el productor esa tarde garchó.

Sebastián Culp
2015

11 junio 2015

Corte de pelo nuevo

Hace un tiempo ya, me corté el pelo. No tenía ¡wooo, qué pelambre! Pero estaba bastante crecido. Mechas largas por adelante, estiradas con un fino peine a modo de lengüetazo de vaca loca, y rulos, ondas, o “cualquier cosa” por atrás. La verdad que no era un muy lindo corte. Algunos me lo decían. Y tenían razón. Era el mismo corte que traía desde los 20 años y tenía —al momento de cortarlo— 33. No daba para más. Creo que era un poco de rebeldía y otro de vagancia. Porque me cortaba el pelo yo. Rapidísimo. Me miraba en el espejo, lo veía más largo que lo de costumbre, agarraba la tijera y 7.5 minutos después, listo.
Bueno, un día la mamá de mi novia me dice al pasar: “¡Por qué no te cortás el pelo!”. Lejos de ser una orden o una pregunta (en forma de pregunta hubiera sido devastador) fue una invitación a la reflexión. En la semana no volví a pensar en eso, claramente estaba negado. Hasta que un día me dije —y sin recordar lo que me había dicho la madre de mi novia— “Che, ¿y si me corto el pelo?”.
Bueno, luego de meditarlo en la bañera, el inodoro, el videt, y la bañera de nuevo. Luego de evaluarlo, de “hacerme la idea”, de… Sí, soy un poquillo lento para tomar algunas decisiones, ¿pero qué quieren?, conviví con esa cabellera más de 10 años. Era parte de mí. Ese pelaje vio caer las Torres Gemelas, vio nevar en Buenos Aires y nos vio perder sistemáticamente 3 mundiales. No era moco de pavo. Pero bueno, finalmente me hice fuerte: fui a la peluquería. Una de unos locos sobre Gaona, con música electrónica al palo, botellas de fernet de adornos y gigantografías de Los Auténticos Decadentes. Le dije al peluquero lo que quería: “No sé lo que quiero”. Insistí: “Pero lo quiero corto a los costados y atrás y con una ‘fantasía’ arriba”. El chabón se río de compromiso, lo cierto es que me miró como de lejos, estando cerca. Imaginate. Hizo lo que tenía que hacer dejando una ‘fantasía’ arriba. El resultado fue impresionante. Me miré al espejo y no podía creer lo que veía. Casi que me transo, no exagero. Volvimos caminando con mi novia que hasta ese momento no sé cómo estaba enamorada de mí. Se reía, esa risa nerviosa o de diversión excitante, y no paraba de decirme que me quedaba genial. Fuimos a mi casa y confeccionamos unas fotos para la posteridad.
La cosa es que después, poco a poco, empecé a notar que la gente me miraba con mejor cara. Ya no era una amenaza para las viejas chotas, ni para los miedosos de la calle. Me dejaban subir primero al colectivo; las mujeres me miraban como desde abajo, directo a los ojos, cuando caminaba por la calle; la que cobraba en el Pago Fácil me sonreía; la gorda de la panadería me daba un miñoncito de más. La sociedad entera había cambiado por completo su concepto de mi persona. Ahora parecía uno más, uno de ellos. Como si de alguna manera el pelo faltante me estuviera dando poder. Como Sansón pero exactamente al revés. Al comienzo me dejé deslumbrar por este superpoder, lo usaba para mi beneficio. Comí mucho pan gratis, pagué más rápido las cuentas y garché más que en la adolescencia (no creas todo lo que digo acá, mi amor, los lectores me exigen aventuras, están sedientos de fábulas, no soy yo, son ellos). Pero no tardé en llegar a la etapa de enojo virulento contra la sociedad toda. Mi rinconcito punk anti-sistema me llevó a odiarlos, a que me den asco: “Ahhh, ahora que tengo el pelito prolijo, te gusto ¿no? Careta de cuarta”, pensaba. Así pasé unos 17 días y medio. Mas luego llegó la etapa de reflexión, donde pensé en todas las trabas internas que me habían mantenido adormilado en la vida, entre ellas conservar como un tesoro el mismo, aburrido y horrendo, corte raya al costado-chatito-largo adelante y despeinado atrás.
Luego de esa epifanía ya no pasó más nada. Fue puro devenir. Pero extrañamente la vida empezó a mejorar. Empecé a colaborar en diferentes revistas y portales escribiendo; hice un viaje impresionante a la concha misma del mono; empecé un proyecto gigante de una revista de humor impresa que ya lleva tres años de existencia; conseguí un buen trabajo freelance —que ahora se transformó en el trabajo fijo que soñé toda mi puta vida—; y ahora, hará unos 25 minutos, acabamos de reservar nuestro primer departamento con mi novia.

Pero una cosa llevó a la otra.

Ahora empecé con la barba —que también venía desde los 20 años—, me corté la chiva y me dejé un tupido bigote de actor porno de los 80. Después me dejé crecer todos los pelos de la cara, una barba completa y más luego —Google mediante— me hice un bigote de motoquero, onda el de Lemmy de Motorhead, y ahora voy por más. No puedo parar, soy un adicto al cambio, al hacer. Estoy barajando nuevos proyectos: Un bigote Chaplin; un Cantinflas; dejarme las patillas rockabilly; afeitármelas completamente; un Ron Damón; un Mario Bros; hacerme un fino y alargado bigote Dalí con miel y que me llegue hasta los ojos, y más, Más, MÁS.    

Siento que no hay límite: Una vez que empezás a cambiar, no podés dejar de hacerlo.

Sebastián Culp
2015


27 mayo 2015

Yo-yo de saliva

Cuando era chico y tomaba Seven Up, la saliva se me transformaba en el mejor juguete. Como que se me formaba una especie de lagartija pegajosa y elástica.
Entonces comenzaba con mi gracia. Lanzaba esa lengua de víbora y jugaba a llegar cada vez más lejos. La sacaba y la volvía a meter como un yo-yo de saliva, como un bungee jumping de garzo.
Jugábamos competencias: Algunos no llegaban tan lejos y a otro se le cortaba en pleno acto, una parte de la saliva se perdía en el abismo de la vereda y la otra, fría, volvía de un latigazo a la boca.
Yo me mantenía estoico, con mi escupo, sacando y volviéndolo a meter. Así toda la tarde.
Era un as de la maniobra salival, una mezcla perfecta entre hombre y serpiente.
Para que se den cuenta de mi increíble destreza: un día estiré tanto, pero tanto el yo-yo de saliva que llegué a rozar el piso.

Sebastián Culp
2015

10 mayo 2015

La ruta de la Fugazzeta - Top 5

Crónicas escritas con mucha hambre de gloria. Y también con mucha hambre, a secas. 
Culp & Yañez

Nos pusimos una meta: Recorrer todas las pizzerías de Buenos Aires en busca de la mejor Fugazzeta rellena al molde... Y ya que estamos también de la mejor Mozzarella, y bueno, tampoco podemos dejar afuera a la Fainá, pobrecita, ahí sola.

¡Todo concluye al fin, tooodo termina. Tengo que comprender, no es eterna la vida!

Sí, amigos, acá termina La Ruta de la Fugazzeta
Caminamos bocha, pateamos las aceras, pateamos tachos de basura y cantos rodados. Caminamos como turistas, en una ciudad que conocemos de toda la vida, con un papelito (con la lista de las pizzas) como GPS.
Nos movía el hambre y la curiosidad.
Comimos mucho:
Después de 15 pizzerías (Hubo más y algunas, más de una vez)
Después de 1 año y monedas
Después de 118 aceitunas
Después de 2.3 kilos de orégano
Después de 7 cebollas
Después de 19 litros de cerveza
Después de 1,51 GB de fotos de pizzerías
Después de varios kilos de más. (Hablá por vos, Lucila, yo estoy impecable)
Después de 27 pares de media y 1 colirio
Llegamos al final.

Gracias a todos los que nos acompañaron leyendo, comentando, recomendando.
Gracias a los que se sumaron a la arduísima tarea de degustar las diferentes pizzas.
Y sobre todo gracias por el gusto de comer pizza, que es lo que importa.

Pero que no decaiga. ¡Hop hop, arriba! ¿Se acuerdan de “Hop-Hop” con Raúl Portal? Programón.
Bueno, no nos dispersemos, acá, lo que importa:

N° 5 San Antonio
Gracias a Pablito conocimos este legendario boliche. Mucha gente, barullo, cuarto de espejos, pero una pizza riquísima. Para ir y volver, y volver a ir, pedir de más y llevarte las sobras (al día siguiente la masa sigue siendo un pedazo de nube).

N° 4 El Palacio de la Pizza
Ya llegando a la recta final, dimos con esta pizzería. La más austral de la calle Corrientes. Sorprendió por su simpleza y finura. Pero así y todo, un sabor impresionante.

N° 3 Pin Pun
El hallazgo: No lo teníamos en ninguna lista, nadie nos lo había recomendado. Lo veíamos siempre desde el bondi y un día decidimos bajar. Un gol de media cancha. Riquísima Fugazzeta, esponjosa mozzarella y una perfecta fainá.
La verdad, cuando con el comité decidíamos las posiciones estuvimos en la duda con el 3er puesto. ¿Pin Pun o El Palacio de la Pizza? Para definir fuimos a Pin Pun (qué jodida que es la vida, ¿no?). Ya con el segundo bocado, la legendaria pizzería de Corrientes y Medrano tenía el Bronce.

N° 2 El Fortín
Una cosa descomunal. Mucha gente, largas esperas, mesas pegaditas, si llegás tarde quizás no haya Fugazzetta, pero el horno y la “mano” hacen de esta pizza una cosa increíble. Un sabor ahumado cuasi aparrillado que te agita el paladar. Te da algo que no te esperabas. Te sacude, y claro, da en el blanco.

N° 1 Las Cuartetas. 
La indiscutida. La mejor de la calle Corrientes y a nuestro juicio, paladar, estómago, mente y espíritu. La mejor del condado, la número 1, the one, la elegida, la incunable, la impoluta. Queso fresco (que lleva la Fugazzeta, ya deberían saberlo) y mozzarella de primera. Cocción magistral. Abundancia controlada. Un puto 8 (sobre 8 porciones).

Bueno, vamos cerrando el boliche.
Vamos apagando las luces y levantando las mesas.
Destacamos una cosa: lo más lindo del mundo era ir a un encuentro con amigos, cumpleaños, familia, fiesta o evento social cualquiera, y que la charla obligada fuera nuestra Ruta de la Fugazzeta.
Tomá.
¡Espectacular!
Impagable.
Eso es ganar.
Lo demás es tocuen.

¡Recontra mil gracias!
Estamos hechos.









06 mayo 2015

Cachos de Realité

HOY: 2x1 para tirar al techo

Colectivo 113
Sábado 20:53Hs.
Algún punto del recorrido Barrancas de Belgrano-Flores

Íbamos muy tranquilos sentados en el bondi. MUY TRANQUILOS, que se entienda bien. ¿Entonces qué hace uno cuando está tranquilo? Escucha a los demás; para la oreja, fisgonea; mete las narices donde nadie lo ha invitado. Bueno.
Estábamos en los asientos de dos cuando, de pronto, un dulce sonido proveniente de los asientos de atrás nos empieza a acariciar los oídos.

ÉL: A mí no me gusta la manzana en ensalada de fruta. Me gusta sola, y que sea deliciosa. 
ELLA: Pero si siempre hago compota y te gusta. Y esa es verde.
ÉL: Pero no me doy cuenta que es verde en la compota. 
ELLA: Bueno, pero entonces te gusta la manzana verde.
ÉL: No, no me gusta.
ELLA: Pero si en mi compota te gusta. Entonces no te la voy a hacer más.
ÉL: A ver... ¿Cuál es el problema, Mirtha? ¿Tenés ganas de discutir?
ELLA: No, pero tenés que reconocer que te gusta la manzana verde.

La charla siguió.
Luego silencio.
Después de un rato se pararon medio perdidos, Él le preguntó donde bajar al colectivero; más luego dudaron, miraron las calles como quien busca reconocer un lugar, y finalmente, sí, bajaron.

Cabe destacar que Él llevaba consigo dos kilos de helado Freddo. Obvio que hicieron el 
2x1 de Club La Nación o usaron ese cupón que te dan en los supermercados.
En un esfuerzo tomamos la mejor foto posible que completa el cuadro de situación: Parece que no sólo el helado lo compraron con ofertas 2x1.




30 abril 2015

La ruta de la Fugazzeta #15

[ÚLTIMO EPISODIO DE LA RUTA DE LA FUGAZZETA EN LA HISTORIA DE LA VIDA]
EN BREVE NOS MANDAMOS CON EL TOP 5:

Crónicas escritas con mucha hambre de gloria. Y también con mucha hambre, a secas.
Culp & Yañez

Nos pusimos una meta: Recorrer todas las pizzerías de Buenos Aires en busca de la mejor Fugazzeta rellena al molde... Y ya que estamos también de la mejor Mozzarella, y bueno, tampoco podemos dejar afuera a la Fainá, pobrecita, ahí sola.

HOY: La Mezzetta
Av. Álvarez Thomas 1321

Otro mediodía. El punto de encuentro era la misma Mezzetta. Lu llegó tarde porque desoyó mi consejo y se tomó otro colectivo que la dejó bastante, bastante mal. Igual mi espera estuvo bien, me encontré con Wainraich y charlamos de la vida, todo bien. Ah, ¿no sabían? Soy re amigo de Sebu. Bueno, más o menos, pasó caminado y ni me miró, pero estuvimos a esto de hablar, te juro.
En fin.
Llegó Lu roja de calor, por las cuadras de más que caminó, y fuimos a lo nuestro.

Pedido
2 Porciones de Fugazzeta
2 Porciones de mozzarella
1 Fainá
1 Cerveza de litro

Ubicación
De parado. La única opción en La Mezzetta.

Servicio
No hay mucho misterio: elegís lo que querés comer, pedís, pagás, vas con el ticket hacia el otro sector y te entregan la pizza. Fin.
Ah, sí, se puede destacar un instrumento por demás llamativo. El hombre encargado de cortar y entregar las pizzas cuenta con tacos de madera sostenedores del queso para la grande de Fugazzeta. Una suerte de porción triangular de pizza de auténtica madera de pino. ¿Cómo funciona? Se colocan dos taquitos, una de cada lado de la porción cortada de Fuga, para contener la marea alta de queso. Muy muy lindo.
Los platos son de metal, como la ley indica. (?)

Calidad
Pizza al molde. ¡Y qué molde!
La Fugazzeta es una bombucha de queso. Creemos que es la más alta, la más “al molde” que hemos degustado en la tierra conocida. Es una verdadera explosión. Mucho queso, de verdad: queso adentro, queso arriba, queso en el plato desparramado (al ya no contar con los fabulosos taquitos de madera), queso por todos lados. La primera impresión es: “Wooo, ahora le entro a esa como loco”.
Sí, claro. Está bien, dale, te quiero ver...
Es rica, rico queso cuartirolo o queso fresco, rica masa. La cebolla está bien cocida y no tiene tanta cantidad, a veces el exceso es negativo. Pero la verdad que nos supera, es demasiado de todo, demasiado queso, demasiado pesada, demasiado queso, insistimos.
Con esta pizzería hemos llegado a un techo. Ese día dijimos basta. Ya está. Dejemos descansar un poco nuestro fino paladar y nuestro golpeado sistema digestivo.
La muzzarella es más amigable. Más amigable en cuanto a las cantidades, porque de sabor es muy simplona. No dice mucho, la masa tiene ese crocantor típico y hasta medio secote de las prepizzas que uno se hace en su casa. Para que entiendan este punto, yo, Mario Sacaan, soy fanático de la masa, me gusta el pan y todos sus derivados, y acá dejé los tronquitos. ¡Nunca en la puta vida los dejo!
La fainá es muy rica, se destaca de la media. Muy carnosa y apenas crocante arriba. Otra más que pelea un lugar en el podio de las fainá.

Precio
Porción de Fugazzeta = $20
Porción de Mozzarella = $11
Fainá = $9
Cerveza de Litro = $45

Puntaje (Sobre 8)
5 porciones

Conclusión 
Creemos que los precios económicos y la abundancia en las porciones, sobretodo en la Fugazzeta, hace de La Mezzetta un lugar intocable, de culto y popular a la vez. Eso a priori es algo bueno. Pero muy humildemente creemos que este mito se ha alimentado por la emoción, por la liturgia, por las ganas de encontrar un tugurio escondido, un lugar chiquito, de parado, donde podés comer mucho y rico. Sobre todo mucho.
Para nosotros que somos de un comer más que generoso, es demasiado. La Mezzetta es realmente para gente que quiere morir en cada comida, gente que come en silencio, sola, mirando su plato, o que festeja cada porción a los gritos, con amigos, y camina de acá para allá mientras mastica.