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20 abril 2014

El Forastero #12 - El Final

12

Esto no da para más. Nos acercamos, entonces, a algo parecido a un final. A una especie de desenlace.

Mi estadía en el mini-mercado de la estación de servicio estaba acabada. Me sentía un espía sin misión, un detective sin caso, me aburría, debía cambiar de lugar. Quizás dormir un rato. Arrastré los imanes y los folletos de locales que estaban sobre la mesa con el brazo y los dejé caer en la bolsa de nylon. Era triste como se veía el plano ahora sin los imanes y folletos, sólo las líneas que había hecho en birome, yermas, baldías. Me quedé un segundo mirando ese mapa, lo que quedaba de él. Ese barrio ahora fantasma, esas tierras olvidadas. Me abstraje completamente. Miré la bolsa cargada de cosas, de papeles, y pensé algo loco, no me juzguen. Bah, si lo hacen me chupa un huevo, piensen lo que quieran. Allá ustedes, acá yo. Pensé que había una sola solución para ese estado. Ese estado que traía desde hacía un tiempo. Había un único desenlace para ese plano dibujado en la mesa del mini-mercado, para ese barrio ficticio: El fuego.
Solo las llamas de ese Dios de dioses podrían limpiar quién sabe qué cosa. Debía arder, debíamos arder. Pará, no me malinterpreten, mi intención era prender fuego los imanes y los folletos, nada más. Y eso estaba dispuesto a hacer. Volví a poner cada papel de cada local en su lugar, sobre la mesa. Uno a uno. Y el mundo volvió, el barrio resurgió como el Ave Fénix. Rearmé el plano completo, el barrio. Otra vez, ahí estaba. Relucía de una salud de mierda. El barrio “Proyecto F. Coppernico” estaba quizás en su esplendor. Levanté la vista a “la chica que estudia”, estudiaba, llevé los ojos a la cajera, y estaba tomando mate, (había que pasar toda la noche ahí). Volví a mis cosas, a mi barrio personal, lo miré, busqué en la bolsa de nylon, revolví papeles de todos los tamaños, tickets, entradas de cine viejas, mis agendas pocket de otros años de mí colección, un cuaderno y en el fondo una caja de fósforos grande, de cocina. La abrí y se me cayeron todos los fosfores encima, y otros fueron al piso. De un segundo a otro, todo era un mar de fósforos. Miré a “la chica que estudia” que me miraba, me agaché tan rápido que creo que dejé una estela como en los dibujitos animados y los empecé a juntar. Mientras lo hacía, miré de ahí abajo a “la chica que estudia” y ya no me miraba. Ya estaba una vez más en los libros, pero como sabiendo que la estaba mirando. Sabiendo de su condición de mina linda. No hay nada más deserotizante que una mina en pose de “sé que soy linda”. ¡Tomatelá!
Me erguí, miré a la cajera que atendía a un cliente apurado por seguir camino. No sé qué esperaba con todo esto, no sé qué pensaba, sólo sabía que el barrio, mi barrio, debía arder ahí mismo, sin más. Le di mecha a un fósforo y lo dejé caer sobre la mesa. No pasó nada. Prendí otro, lo dejé caer, y más que marcar un poquito la mesa no hizo. Ahí la atención de “la chica que estudia” se centró en mí. Yo tapé el fósforo con la mano. Pero el humo no lo pude disimular. “La chica que estudia” miró a la cajera, luego a mí sin entender qué pasaba. Volví a repetir la acción, pero con tres fósforos juntos, y esta vez no lo dejé caer, los acerqué a un volante, luego a otro y a otro, y a un imán. En él lo dejé un tiempo prudencial y para mi sorpresa, ¡el imán agarró! “La chica que estudia” en shock miró el fuego, miró a la cajera, me miró a mí. Yo estaba con lo mío, miraba el fuego, miraba mi obra, mi creación. El fuego era mío. El barrio ardía. “La chica que estudia” ya asustada miró a la cajera, que de entre las góndolas vio una luz, algo raro, yo quieto, inmóvil, mirando fijo el fuego que se hacía más grande. La cajera miró a “la chica que estudia”, descolocada. Para mí el tiempo se había desvanecido, se había diluido. Hasta que, ya casi encima mío, la cajera decidida disparó:
—¿Qué es eso, flaco?
Yo reaccioné y me puse de pie como cuando dormido en el colegio te llamaban para que sigas leyendo o algo, y otra vez en mí, (o casi) tomé dimensión y sabía que había que apagar ese fuego que hasta el momento no era grave. Giré apenas hacía el lado que venía la cajera y mi bolsa de nylon, que colgaba de mi muñeca, atravesó el campo minado. Y agarró enseguida, una llamarada de lava salía de mi brazo, intenté sacármela, pero no podía, la cajera que cambió su cara de enojo y desconcierto a preocupación ciudadana, salió corriendo a buscar algo para apagarme. “La chica que estudia” se paró, y miraba sin decir ni hacer nada. Yo agitaba el brazo, aleteaba para sacarme la bola de fuego de encima, la cajera vino corriendo con un secador, me estaba midiendo, es decir, a la bolsa, pero no se animaba, yo me movía, saltaba, movía el brazo, hasta que:
—¡Pará! Quedate quieto un segundo, no te muevas.— me dijo.
Me miró, la miré, su claridad me dio confianza, seguridad. Dejé de mover el brazo, ella apuntó y de un solo y certero golpe voló la bolsa a la mierda. Fue un cuadrangular. La bola de fuego voló a la otra punta del mini-mercado como un meteorito cayendo a la tierra. Me miró, la miré, fue un segundo de alivio. Un segundo nomás, porque la mesa seguía prendida fuego. Tomé mi campera de gimnasia para ahogar el fuego, al barrio que ardía. Pero era una campera de nylon, me arrepentí. Vi que en el piso estaba mi cuaderno medio chamuscado que se había caído de la bolsa en llamas, lo tomé y con golpes secos, empecé a apagarlo. La cajera, con el secador en la mano, empezó a pegarle también con la parte de la goma, y tirando al piso los papeles encendidos, los pisaba. Yo por un segundo pensé: El barrio se extingue, el barrio ya no existe más. “La chica que estudia” miraba. Miraba con el resaltador fosforescente en la mano. Cuando ya teníamos medianamente controlado el asunto, “la chica que estudia” dice: “Allá hay más”.
Los dos mirábamos a “la chica que estudia” descolocados, y agotados, luego a dónde nos indicaba. Atrás de una góndola, una luz encandecía, Nos movimos, ya reconociéndonos como un equipo, y lo evidente, la bolsa de nylon hecha una furia de fuego había impactado sobre otra góndola y ya ardían en comunión: La bolsa; barras de cereal; chicitos; sugus confitados, esos de caja de cartón; la góndola entera. Miramos el fuego, y actuamos.
—¿Dónde está el matafuegos?— dije yo.
La cajera me indicó. Yo corrí. Ella le dijo a “la chica que estudia” que llame a los bomberos.
—¿Cuál es el número?, no tengo idea— dijo “la chica que estudia”.
La cajera se movía rápido.
—No sé, flaca, el 911.
La cajera salió del mini-mercado en busca del playero. Yo corrí con el matafuegos y comencé con la tarea. Ya había mucho humo. Humo negro de los plásticos y los chicitos, y después humo blanco del matafuego por todos lados. Y en el medio, el fuego, el fuego seguía vivo. La cajera ingresó diciendo que el playero estaba dormido en un cuartito y no se despertaba, pero no venía con las manos vacías, traía un balde con arena, lo tiró sobre la llamarada, lo logró ahogar un poco, pero no fue suficiente. Yo le pregunté a “la chica que estudia” si había llamado a los bomberos, ella dijo que no se podía comunicar, que estaba intentando. En ese mar de llamas alcancé a ver una de mis agendas encendida al rojo vivo. Vi como las llamas que intentábamos combatir estaban haciendo una justicia no pedida, una justicia casual, una justicia personal. Vi: martes 14 de septiembre de 2002, vi mi letra caótica, vi el listado de cosas que hice aquel día, la hoja abarrotada de palabras, vi como ese día desaparecía, se extinguía. Mis ojos brillosos reflejaban las llamas. Ya en el ambiente se veía poco. La cajera me agarró de la mano y me dijo que debíamos salir, que ya no había nada por hacer.
Yo me dejé llevar pero la puerta automática no. Se había cortado la luz, se había activado la luz de emergencia, y una fina lluvia caía del techo. Pero las puertas no se abrían. Las puertas se habían empacado.
“La chica que estudia” comenzó a gritar, que íbamos a explotar, que nos abrieran la puerta. No aportaba nada gritando, ni poniéndose histérica pero tenía razón. Íbamos a explotar, estábamos en una estación de servicio rodeados de nafa. Estábamos parados sobre una bomba, nosotros éramos La Bomba.
El playero se despertó y salió de su cuartito, era petizo y con una panza redonda. Miraba sin entender nada. Nos miraba a nosotros del lado de adentro, con las puertas de vidrio de por medio. La cajera y “la chica que estudia” intentaban abrir la puerta con las manos. El humo envolvía todo el mini-mercado. Las puertas pesadas no cedían. Apenas se entreabrían un centímetro. Suficiente para que la cajera y “la chica que estudia” apoyaran la boca para tomar grandes bocanadas de aire limpio. Cabe decir que había una puerta de emergencias pero que estaba tapada por una enorme pila de bolsas de carbón.
Yo miré un segundo la situación, miré a mi alrededor, humo, humo y más humo, me até la campera en la cara y me interné en lo desconocido, en la selva, en el impenetrable. El playero se había sumado a la tarea del lado de afuera, y en eso, la cajera notó que faltaban unos manos. Las manos de “la chica que estudia”. Miró hacia abajo, como pudo y efectivamente, “la chica que estudia” estaba desmayada. Ella que tampoco podía más, se arrodilló, no por su voluntad, sino que fue el humo quién tomó esa decisión. El playero empezó a golpear la puerta con el puño cerrado torpemente, inútil. En ese momento me acerqué yo con una silla en las manos. El que fue alguna vez a estos mini-mercados recuerda lo pesadas que son. Miré a la cajera que me miraba sin mirarme, y le enseñé lo que debíamos hacer. Movimos a “la chica que estudia” a un costado, me desaté la campera y la até en la cara de la cajera, le dije que se quedara ahí. Estaba sentada en el piso. Fui hasta la puerta e hice lo mismo con el playero. Volví a agarrar la silla, tomé cierta distancia y revolee la pesada silla contra las puertas de vidrio con una fuerza desconocida. Las puertas estallaron en mil esquirlas de vidrios que volaron por el aire. El mismo aire que entró al mini-mercado, el mismo aire que entró a mis pulmones. Volví a buscar a las chicas, la cajera seguía sentada, medio perdida, la paré y apenas le indiqué que caminara hacia fuera. Enseguida entró el playero, tomamos de los pies y axilas a “la chica que estudia” y la sacamos. El peligro no había pasado, el peligro estaba más presente que nunca. Teníamos que correr, teníamos que salir de ahí. Alejarnos lo más posible. Eso hicimos. Corrimos. La cajera lo hacía como podía, el playero y yo llevando en andas a “la chica que estudia”. Nos alejamos unos 50 metros. Y en eso sentí, de espaldas a la estación de servicio, una de las cosas más fuertes de mi vida: la estación de servicio explotó. El cuerpo nos retumbó por adentro. Cada una de las tripas vibró por la onda expansiva. No quiero exagerar pero sentí como una fuerza me empujó hacia delante varios metros, como que caminé en el aire. No me caí, como pasa en las películas, sino que me impulsó hacia delante como una combustión de nitrógeno en un auto de carrera de alguna película de acción barata. Vimos como la noche oscura se iluminaba como el más intenso rayo lo hace en una tormenta eléctrica. Fue de día por un segundo. Ya correr era inútil. Lo que había pasado, ya había pasado. Nos detuvimos, dimos media vuelta. Y vimos el espectáculo. Un hongo de fuego rojo y negro nos iluminaba ahora las caras. Se sentía el calor en el cuerpo, en la cara. Como todo el sol de un día de enero a la una de la tarde junto, de un segundo para el otro, directo a tu cara. No hablamos, no nos movimos, no hicimos nada.
    
Enseguida vinieron los bomberos y una ambulancia. “La chica que estudia” fue asistida. Antes de que la lleven al hospital para observación, volvió en sí, estaba bien.
Llegó la policía. Nos interrogó. “La chica que estudia” me echó la culpa. Se armó quilombo, me dijo ‘pelotudo’. Y tenía razón. La policía dijo que debíamos ir a dar declaración pero primero nos tenían que ver los médicos.
La ambulancia con “la chica que estudia” se fue. Vino otra que se encargó de nosotros. Los bomberos estaban luchando contra las llamas que parecían salidas del mismísimo infierno. Estábamos bien. La cajera ya estaba recuperada del todo. Nos querían llevar al hospital pero no hacía falta, nos sentíamos bien.

Estábamos sucios. Agotados. Nos sentamos en el cordón de la vereda. Nos quedamos en silencio. Mirando la nada, mirando la cantidad de vecinos, de curiosos, hasta Crónica ya se había dicho presente.    
Ya estaba amaneciendo. El fuego se había empezado a calmar. Los bomberos lo estaban controlando. En un rato más teníamos que ir a la comisaría a declarar. Yo estaba lejos de mi casa. No tenía tiempo de ir y volver. Me iba a quedar haciendo tiempo en algún bar. Empezamos a caminar. La cajera enfiló para su casa, caminamos juntos. Ella se detuvo, habíamos llegado a su edificio, vivía cerca, lo que había conjeturado hacía un par de horas. La miré, la miré de cerca, no lo había notado antes, era hermosa. Morocha, color café con leche. De pelo corto, sujetado con algunas hebillitas negras. Me sonrió no coqueteando sino esa risa propia de la incomodidad. Era más linda cuando se reía. Se le hacían esos paréntesis en los cachetes. Era hermosa, a simple vista frágil, tímida, pero la fuerza iba por adentro. La noche había sido testigo de eso. Sabía que no vivía por la zona, entonces me invitó a pasar, en menos de una hora teníamos que estar en la comisaría, no antes porque el sub-comisario estaba volviendo de viaje y él mismo nos iba a tomar declaración o algo así. Le dije que no hacía falta que me quedaba por ahí, haciendo tiempo. Insistió. Me dejé llevar, otra vez. Subimos a su departamento. Era chiquito, diminuto. Fue al baño. Me quedé solo en el único ambiente. Miré todo, di vueltas, giré sobre mi eje. Era cálido. Miré una silla repleta de ropa. Miré la cama desecha. Miré unas zapatillas sin marca a un costado. Un televisor 14 pulgadas. Una mesa chica con dos sillas, unas carpetas, unas hojas, cuadernos, libros de estudio. Otra chica que estudia, pensé. Me acerqué, “4 año turno noche”, decía un apunte. Caminé unos pasos. Miré la cocinita más diminuta aún. Dos personas juntas no entraban. Miré la puerta de la heladera, unas facturas a pagar, imanes de delivery y fotos. En una foto estaba con un nene. Hijo de ella no era, no había rastros de que viviera un nene en ese departamento. Otras fotos, ella con amigas, ella con una mujer de unos 60 años (su madre, podría ser), ella sola, en una playa, seria, un día nublado, abrigada. No era autofoto, se la habría sacado una amiga, o un novio. Me gustó estar ahí, me gustó mucho. 
Pensé un segundo en mi actividad de ir a ver departamentos habitados en alquiler. 
Volví al ambiente y ella salió del baño, me dijo que pasara yo si quería lavarme un poco la cara, las manos, que ella tenía hambre, que sino quería desayunar. Le dije que sí. Fui al baño. Me lavé la cara, me miré al espejo, el agua fría era Dios, la veía correr por mi cara. Tenía los ojos rojos. Estaba agotado. Pero extrañamente me sentía bien. Salí y fui directo hacia la cocina, parece que sin hacer ruido porque ella no se dio cuenta que yo estaba ahí. Preparaba el mate y tostaba pan en una tostadora de chapa. La miré sin reportarme desde la puerta. La espié, entonces. La espié un instante. Le miré las manos, los brazos, los codos, la cola, y los pies. Se había descalzado. Le miré la nuca, la parte de la cara que está entre el pómulo y la oreja. Me sentí en desventaja, hice un ruido como para que note mi presencia. Se sobresaltó con una risa fresca. Dijo que ya casi estaban las tostadas. La cocinita no podía alojar a dos personas, era imposible maniobrar sin chocarse, por eso entré.
 

Fin

14 abril 2014

Tres Sacudidas por Cerebrito

Hoy empieza este segmento #ColaboradoresBlogFanpage
Como, mal que nos pese, también somos una revista virtual, vamos a ir posteando diferente material de amigos, acá, en este reducto online para el entretenimiento del abonado. 

HOY: Tres Sacudidas Por Cerebrito.
¡Os disfrutéis!


09 abril 2014

¡Explicame!

Explicame por qué concha los corchos de los vinos no son más de corcho.

*** 

Explicame las mujeres que sienten placer en explotarle los granos a sus novios.

***

Explicame la gente (empleadores) que después de una entrevista de trabajo muy buena onda (hasta con promesas de envío de trabajo) o un intercambio de mails por un proyecto, también buenísima onda (interesadísimos) no te responden más. Nunca más.

***

¡Explicame por qué el whatsapp tiene emoticones de un revolver, un cuchillo, una jeringa, una bolsa con el signo $!


02 abril 2014

Los Conjeturadores

Somos espías con una misión a cada paso
Detectives cotidianos
Fisgones con un propósito:
Conjeturar

Y nuestra arma es el ojo
La habilidad para el cálculo
Los celulares con cámara.


Conjetura #62 ¿Qué está escuchando la nuca ésta?

Ficha Técnica:
Nuca.
Atrás de ella un tipo
31 años. Alguno más, alguno menos.
Colectivo 84.
Un jueves cualquiera
15hs.























Con los pocos, poquísimos, datos que tenemos, conjeturamos:

Camisa tipo “Fantino”:
Arrugada
Vive solo. Puede tener novia o estar conociendo a alguien, pero definitivamente esa mañana no amaneció con una mujer.
No porque la mujer TENGA que plancharla, en absoluto. Pero sí porque ellas se fijan en esas cosas, y si existiera una en su vida, (en su casa, esa mañana, y por más que no tenga confianza) le hubiera advertido sobre el papelón en cuestión.

Auriculares blancos:
Camisa arrugada, decíamos, sí, pero no cualquier camisa. Cuida medianamente su estética. Abusa del blanco, no llega a Alan Faenísmos, pero se le anima a esos toques de estética que rozan lo metrosexual. Que por otro lado hace un juego tonal bárbaro, ¿no? Ya con 11 años usaba jeans nevados mientras escuchaba la Z-95 con el Bebe Sanzo. Legado de su hermano mayor que estaba en la pomada. En su adolescencia, con leñadores y pantalón Mango, iba a bailar a “Dimensión”, a “City hall” y a “La Embajada”. Hoy mira con cariño los mocasines blancos impolutos pero “todavía no es el momento”, siente.  

Incipiente pelada:
La cuestión capilar lo mantiene en alerta. Esa barba de unos días que asoma
—cuidadosamente desprolija— viene a compensar. No lo decimos nosotros, hay estudios muy serios que indican que el hombre de pelo grueso, abundante y negro desprende más hormonas receptadas por las mujeres. Es una cuestión natural, biológica. Por supuesto él no lo hace conscientemente.
Pero si el pelo escasea en la cabeza, debe tenerlo en alguna otra parte del cuerpo. Este caso, la cara.
Compra a escondidas shampoos y todo tipo de productos para prolongar lo más posible ese proceso que le tocó en suerte: La calva. Para eso va a Farmacity que sin duda al ser el mega supermercado del medicamento logra el anonimato que necesita para ocultar el tratamiento.

Veredicto: 
Por todo esto y por algo que nos dicta el universo mismo Conjeturamos que la persona tras la nuca está escuchando “Basta de todo” programa de la radio Metro. Con Matías Martin, Cabito y Diego Ripoll.

25 marzo 2014

Entrevista a BF: "Idolatramos a Pepe Monje"

Nos entrevistaron: 
¿Mamá, llegamos?

Los amigos de 'Notas' nos hicieron una entrevista muy respetable. Sobretodo porque se tomaron muy bien nuestros caprichos y extraños métodos para pautar el encuentro. 

Muchas gracias, chicos, nos sentimos muy cuidados!!
(Pasen por el portal de noticias que es una maravilla)


"Somos adictos a la letra impresa" 

Hablamos con Sebastián Culp y Lucila Yañez, algunos de los irresponsables intelectuales de la revista cuatrimestral Bigote Falso, que presentó su primer vástago al mundo en octubre de 2013. Luego de un difícil proceso de citas secretas a horarios estrambóticos y en esquinas desconocidas, así como de un escalofriante descenso al bunker bigotudo (vaya a saber por qué andurriales, porque los últimos kilómetros los recorrimos con los ojos vendados), un abnegado equipo periodístico de Notas pudo concretar la siguiente entrevista.

- ¿Por qué Bigote Falso? ¿Quiénes hacen BF?
- Consideramos que los bigotes son cosa seria, referirnos a un bigote de fantasía hace que todo sea un poco más ridículo.
Los autores materiales e intelectuales de Bigote Falso somos: un par de novios, una hermana, una amiga diseñadora y montones de colaboradores que nos envían su maravilloso material
- ¿Cómo fue el proceso de evolución del blog al papel? ¿Por qué jugarse a editar una revista en papel en pleno siglo XXI? ¿Cómo lo financiaron?
BF nació como un simple blog, un blog para divertirse. Más que un colectivo era una camioneta combi medio abollada y sin papeles, pero que nos llevaba y nos traía. Oh, cuántos recuerdos.

Un día en el programa de radio Hagamos un trato, donde hacíamos una muy respetable columna de humor, conocimos a Pía de Ideame que nos incitó a que hagamos algo con ellos. Corte A: estábamos acodados en un bar -cerveza de por medio- elucubrando un proyecto. ¡Una revista!, le gritamos al mozo que nos miró con cara de pocos amigos...

20 marzo 2014

El Forastero #11 (Penúltimo Capítulo)

11

Toda la vida soñé con una maquina del tiempo. Ahora está de moda. Ahora “Volver al futuro” es la película de culto políticamente correcta. Y no es por “bancar” a tal o cual cosa desde  Cemento, pero yo vi “Volver al futuro” en el 80 y algo y “Volver al futuro II” en el 90. Pero está bien, esas cosas pasan. Yo sé que vínculo tengo con el film y me basta. Me acuerdo que la alquilé apenas salió en video. Sí, era de los afortunados que tenía videocasetera. Era un mastodonte marca Noblex. Ya habiendo visto la 1, y teniendo al Doc, clavado en la cabeza, volviendo del futuro y llevándose a Marty y a Jennifer volando (literalmente) en el Delorian con una de las mejores frases del cine: “¿Carreteras?, a dónde vamos, no necesitamos... carreteras”. Vi la cajita del vhs de la 2 en el video club de Javier, un pibe de unos 30 años que nos cagaba a palos porque le revolvíamos todas las películas. Y me la alquilé, pero para mí me la estaba robando, la estaba secuestrando, no la pensaba devolver. Iba a pedir rescate, me iba a ir a la loma del orto con la película y no pensaba volver más. La vi –me acuerdo- un día de semana, a la tarde noche, solo, en mi casa. Mis viejos estarían en sus cosas, mi hermana, en las suyas, y yo solo, en el living, frente al televisor, devorando esa cinta. Siendo esa aventura, viviendo en otro tiempo, otro lugar. Literal y metafóricamente.  
Y desde ese momento, desde esas películas (la 1 y la 2) fue como un interruptor que se prendió. Otra vez, un interruptor. Listo, ya algo viajaba por adentro de mi cabeza. Desde ese entonces me empezaron a obsesionar los viajes en el tiempo. Veía todo lo relacionado con eso, me compraba cuanta revista de divulgación científica hablara de esos (y otros) temas: “Muy interesante”, “Descubrir”, “Conocer y saber”. Con amigos jugábamos a ‘Volver al futuro’. Hablábamos de detalles infinitamente sutiles, de supuestos errores. Y las veíamos, una y otra y otra vez.

Todo esa pasión explotó en forma de “Narración: tema libre” en 6to grado. El tema libre puede apabullar a los más estructuraros: “Uy, ¿de qué hablo?”; “¿No se me ocurre nada, Seño”; “Tema libre, tema libre... ya sé ‘La vaca’”. Pero a otros los puede alentar, a otros les puede dar las riendas para Ser como nunca antes. Más en un colegio de monjas, conservador. Bueno, yo que en toda la primera me sentí un boludo, en primer grado estuve a punto de repetir por “lento”, me puse a escribir como nunca antes, como nunca antes literalmente, nunca lo había hecho hasta ese momento y nunca lo volvería a hacer hasta los 17 o 18 años. Escribí sin parar, escribí sin levantar la cabeza, sin dudar un segundo. Era una narración pedorra para el colegio, pero hoy puedo decir que fue mi primer cuento. El tema abordado fue: El viaje en el tiempo. El título: “Dile al tiempo que vuelva”. El título no fue una invención mía, me había inspirado en una película rosa con Christopher Reeve, que había visto una vez en televisión: “Somewhere in Time”. Y que en latino se llamaba algo así. La película no es buena pero a mí me había impactado. Plantea que si uno consigue pasar la noche en un edificio antiguo y logra recrear la habitación con todos elementos de esa época: ropa, monedas, reloj, muebles, todo. Se acuesta a recitar una suerte de oración, al despertar habrá logrado trasladarse a ese tiempo.    
Volviendo a mi narración, la trama era compleja, medio difícil de seguir, viajes en el tiempo, dos versiones de una misma persona, y un amor, creo que no correspondido. No habrá sigo una gran cosa, seguramente, pero no importa. No estamos juzgando el nivel literario de un chico de 11 años que nunca había escrito antes, sino lo que estaba subterráneamente. Lo que por abajo se estaba gestando. La leí en voz alta. Leía horrorosamente mal. Pero mal enserio. Y esto milagrosamente lo leí bien. Normal, qué sé yo. Se entendió. Suficiente. Todos se quedaron cayados. Un amigo, recuerdo, me tiró abajo con eso de que leía mal. Pero está bien, cuando somos chicos solemos ser malos. La maestra no escuchó peros, dijo que lo había leído bien, que la trama era intrincada y se había entendido perfecto. Se quedó unos segundos en silencio, me sonrió y luego decidida se acercó a mi banco y sin más escribió en la hoja: “10 sobresaliente”. ¡A mí!, ¡al que leía como un tartamudo, al que tenía horrores de ortografía que lograban espantar a maestros y monjas! ¡Un 10! No habría podido prever jamás un 10 en Lengua. Jamás.   

Bastante más grande, de adolescente, charlando con otro novio de mi hermana, Lalo, un genio, llegamos a la conclusión que en “12 monos” la escena final se repite y se va a repetir por toda la eternidad. A saber: Cole (Bruce Willis) de adulto recuerda que cuando era un niño vio un asesinato en un aeropuerto. Luego ya de adulto viaja al pasado, al tiempo que era un chico, (por el quilombo del virus y la mar en coche), las cosas se complican y debe huir de la policía, corre por un aeropuerto, pero la bala de un oficial lo alcanza. Cae en brazos de la doctora Katheryn Railly pero antes de morir ve a un niño que lo está viendo atónito. Ese niño era él. Ese chico era él mismo. Ahí Cole, el adulto, entiende todo.
Nuestra hipótesis: Si el Cole adulto pasó toda la vida recordando ese asesinato, es que eso ya pasó. El niño Cole ahora, va a quedar recordando eso hasta que llegue a ese punto y segundo antes de encontrar la muerte entienda todo al verse así mismo de niño, otra vez. Y así otra y otra y otra ves, infinitamente.   

Después, un poco más grande, con veinteipico cuando veía más películas de las que podía asimilar, descubrí un libro que marcó para siempre mi vida y le dio un orden a esas seudo teorías que esbozábamos con el novio de mi hermana. El libro: Otras Inquisiciones. El autor: Jorge Luis Borges. No es ninguna novedad que los cuentos de Borges son brillantes, pero a mí, en ese momento, me pegaron más los ensayos. Qué sé yo, son etapas.
Borges en un ensayo de este libro cita a Herny James, y yo a su vez voy a tratar de citar a Borges. (Aunque creo que más bien voy a parafrasearlo): Borges cuenta que un tipo X está obsesionado con un dibujo que data de muchísimos años atrás. El dibujo es un retrato que inquieta el señor X por ser perturbadoramente parecido a él. Logra, el tipo éste, viajar a la fecha que indica el dibujo. Una vez allí, este señor, busca desesperadamente al autor del dibujo. Entre su aventura, ya cansado, descubre de casualidad que un hombre lo está dibujando sin su permiso. El señor X se acerca y ve con pavor el retrato en cuestión. Borges dice que James crea en su relato el regressus in infinitum. La causa es posterior al efecto, el motivo del viaje es una de las consecuencia del viaje.
Este magistral ensayo cayó como un rayo, directo a mi cabeza, ¡fum! Y le dio un nombre, un título a mis ideuchas. Sentí que estaba escrito para mí, sentí que Borges había viajado en el tiempo, quizás sentado en un bar nos escuchó divagar, y frente a semejantes paparruchadas dijo: “Bueno, cuando vuelva a mi tiempo, voy a escribir un ensayo como para que despabile este pobre cristiano. Por supuesto está la variable de que nunca se le ocurre leerlo, pero bueno, si le gustan los viajes en el tiempo quizás haya una remota esperanza”. 
O quizás, es una terrible coincidencia, nada más.

Entonces ahora, con algunos años más, escribiendo esto sigo volviendo, como un sueño recurrente, una y otra vez a los viajes en el tiempo. Porque estaba ahí, a los 11 años, y está ahora a los 34. En el medio muchas cosas, lo cierto es que en el momento de la narración nadie vio que ahí había algo, nadie fomentó (más allá de ponerme un 10) ni me incentivó. Después de ese 10 volvió todo a la normalidad. Volví a leer como el orto, a escribir peor. No sé, me podrían haber mandado a un taller literario. Pero está bien, tampoco es que yo decía que quería escribir. Quizás fue un momento de supraconciencia el que me llevó a sacar esa historia. No sé. La cosa es que acá estoy ahora escribiendo sobre los viajes en el tiempo con el mismo fanatismo con el que lo hablábamos con mis amigos, de chicos. Con la misma pasión con la que desembuché esa narración.
Y siguiendo una teoría que tengo que dice: si de grandes conservamos o exploramos algún vestigio de algo que nos apasionaba de chicos, lo qué sea, puede ser indirectamente, es que andamos por buen camino.

Continúa. 

14 marzo 2014

El Forastero #10

10

Caminando entre las góndolas miraba a “la chica que estudia”, así la voy a nombrar: “la chica que estudia”. La miraba como un detective de Chandler mira a su sospechoso. Con distancia pero con un grado de cercanía que rozaba el acoso. La miraba como Scottie mira a Madeleine en Vértigo, con falsa calma, deduciendo, tratando de descifrarla, totalmente inmerso. “La chica que estudia” era hermosa, tenía una de esas caras que, si se lo propusieran podrían conquistar un continente entero. Tenía un saquito verde agua, mientras leía los apuntes, con una mano iba subrayando o haciendo anotaciones y con la otra sostenía una cadenita de plata que por momentos se lo llevaba a la boca. Lo mordía, o lo chupaba no sé. Yo parado la miraba por encima de las góndolas. Cada tanto bajaba la vista a los productos pero con el único fin de justificar mi paseo por allí, no me interesaba nada en particular. Lo que me interesaba estaba del otro lado de las góndolas, del otro lado del mundo. Sentada, estudiando, mordiendo la cadenita. La piel era extremadamente blanca, casi rosa, tenía una remera con voladitos o no sé qué en el cuello. La verdad soy pésimo describiendo ropa femenina. Pelo lacio, atado en un rodete arriba, alto. De un color entre el castaño claro y el naranja. Imposible quizás representarlo en una pintura, en un dibujo. A veces la realidad es tan certera que puede llegar a anularnos. Una pierna la tenía arriba de la silla, como para sentarse en posición indio pero sobre la silla (uno por lo general se sienta así en el piso) y a medias, con una sola pierna. All Stars negras, usadas, no desvencijadas pero tampoco nuevas. Hay ciertos detalles que hacen de las mujeres algo aún mejor. No sé por qué, pero me pasa. Sé que los calzados altos, y sobre todo los zapatos de tacos altos, levantas el culo, pero a mí el calzado bajo: zapatillas, chatitas, sandalias, me pueden. Le dan una belleza natural que no sé por qué me gusta. Me gustan mucho. Ojo, puntualmente en los zapatos de tacos logro apreciar la estilización de la cosa, pero donde voy con todo es con el calzado de plataforma, por Dios no, eso no. Al cuadro lo completaba unos finitos anteojos plateados. Estudiaba concentradísima, yo pensaba: “¿qué onda?, ¿cómo alguien le puede poner tanto empeño a algo?, tanta concentración a un libro de estudios. No se movía, no levantaba la cabeza, si respiraba era un milagro. En ese momento miré a la chica de la caja que me estaba mirando a mí. Me estaba mirando mirar a “la chica que estudia”, no como diciendo “¿qué haces, flaco?” (como hace un rato me había puesto los puntos) sino con una cara que no me esperaba. Era una mueca risueña, como con un dejo de simpatía,  algo le causaría gracia evidentemente, no sé. Al verla con una relativa cercanía noté el pelo mojado, debía haber entrado hace poco. Vive cerca. O estuvo en la casa de algún chabón, pensé. (Nada me parece más sexy que ver a una mujer por la calle con el pelo mojado). Enseguida emulé un principio de risa más bien incómoda (siempre es incómodo darse cuenta que lo están mirando a uno) y enfilé para mis aposentos. Ahora que lo pienso quizás ella también había esbozado esa suerte de risa porque yo la mire que me estaba mirando. En fin.

Sentado de nuevo en mi “refugio” personal de esa noche, y sin poder dejar de mirar a “la chica que estudia” empecé a pensar en una historia. Una idea que me repicaba en la cabeza desde hacía un año. Tenía la historia para una película, para un largo. Por supuesto que no podía escribir formalmente un guión, no sé, no podía, no me salía, pero la pensaba, la tenía ahí. Era una idea barroca, cargada, densa, pretenciosa. Un director de cine no hallaba a la actriz para su película. Luego de reiterados casting no podía encontrar a la protagonista para su film. El tipo se pasaba horas y horas viendo pasar mujeres en un set de casting. Una tras otra, y otra y otra. Y nada. Hasta que un día deambulando por una plaza, ve en una feria un dibujo hecho a lápiz negro de una chica, de una mujer que lo cautiva por completo. Increpa al dibujante de ese retrato y le pregunta sobre la mujer. Éste le dice que la mujer no existe, que la inventó, que esa cara no representa a ninguna mujer real. El director de cine, que no escucha razones, emprende de todos modos una búsqueda, una búsqueda desesperada. Tenía hasta ahí, no era gran cosa, pero la idea me desquiciaba, la imagen del dibujo de una mujer que no existe me parecía una idea acabada de lo que había visto en el cine. De todas las películas que me habían cacheteado en esta etapa de cinéfilo adicto. No sabía como seguir, tenía una imagen del tipo tirando el guión a la basura. Tenía otra del tipo corriendo bajo la lluvia tapándose la cabeza con el guión, la agua corría la tinta hasta hacer desaparecer las palabras, hasta convertir ese manojo de páginas en justamente eso, un manojo de hojas inservibles, manchadas con tinta negra, imposibles. Tenía esas vagas ideas, esas imágenes de posibles desenlaces, pero en el medio faltaba algo, faltaba la película. O sea, no tenía nada. La frustración del director en no encontrar a la actriz era mi frustración de no encontrar una historia, una película. No escribía el guión, pero apuntaba ideas en un cuaderno Rivadavia de colegio. No tenía nombre porque no tenía ni pies ni cabeza pero cuando lo nombraba por alguna razón lo hacía con la palabra “Casting”. No era el caso porque estaba solo en ese mini-mercado, pero al estar mirando a “la chica que estudia” la idea salía a flote, volvía a la luz ese manojo de elementos que me obsesionaban: básicamente, la mujer.  

Continúa. 

                       

13 marzo 2014

El Forastero #9

9

Me sentía Travis Bickle pero una versión grotesca. Un bufón perdido por ahí. No había ido a la guerra ni mucho menos, pero me sentía un paria. Un payaso que no hacía reír, una marioneta sin espectadores, una ficha de un casino en banca rota. ¡Rupert Pupkin, bah!
Pero seguía ahí. Así. Firme. Jugando con fuego. Manipulando elementos desconocidos. Pensando cómo salir o mejor dicho como entrar. Como entrar al mundo. Pero mientras jugaba. Había días —no era el caso de aquel en el mini-mercado— que jugaba a ser zurdo. A ver, me explico: Yo soy diestro, uso esa mano para casi todo, pero había días, que me levantaba y me planteaba ser zurdo. Usaba todo el día esa mano como la propia. Escribía con la zurda, me lavaba los dientes con la zurda, si jugaba al fútbol pateaba con la zurda, lavaba los platos al revés de cómo lo hacía habitualmente, hasta me pajeaba con la zurda. En fin, cualquier cosa que requiera el uso de la mano hábil, yo lo hacía con la otra, la opuesta, la “torpe”. Era divertidísimo, una joda bárbara. Ok, no sé porque lo hacía. Por otro lado es muy fácil en esos casos donde uno es jugador y juez, hacerce trampa, bueno yo no. Yo que era el primero en hacerme trampa con esto no. Para esto tenía una conducta militar. Era como un interruptor, si me lo proponía, pum, tenía que hacerlo. Como no pisar las rayas de las baldosas por la calle para alguien con TOC o no pisar las vías del tren. Nunca hasta ese momento (por suerte ahora puedo) había pisado en mi puta vida las vías del tren. Si llegaba a poner un pie sobre una no me iba a morir ni nada, sino que perdía. Tan simple y desgarrador: perdía.
Otra cosa que funcionaba según este mecanismo era con mi amigo, Gutty. Un amigo de toda la vida, (desde los 4 años). A la edad de no sé, 12, 13, 14 descubrimos una cosa maravillosa para un grupo de adolescentes: Los pedos lanzaban una llamarada si les ponías cerca un encendedor prendido. Listo, no hay que explicar más. Las tardes eternas que nos pasábamos en la calle, al grupo se le sumaba Casanova, Osvaldo, Patti, Edu y Marce. Todo el bendito día. Llegábamos del colegio, revoleábamos la mochila, comíamos y a la calle. Todo el santo día. ¿Haciendo qué? Lo qué sea, cualquier cosa. Caminar, recorrer las calles de Flores y alrededores era una aventura digna de “Cuenta conmigo” o “Los Goonies”. No había cadáveres ni tesoros, pero había volquetes, había autos abandonados, videojuegos y viejas locas (peligrosa, posta. Salía a hacer las compras con un Tramontina en la mano) a la que le tirábamos fósforos cohetes en el hall de la casa. Pero en el puesto número uno estaba prender fuego los pedos.
Todo empezó probando a ver si era cierto: ¡¡AHHH, NOOO!! ¡¿Cómo de adentro nuestro puede salir semejante llamarada?! Luego no podíamos dejar de hacerlo. Gutty, que era el encargado de donar su preciado gas butano para la gracia de todos, cada vez que se le venía uno, paraba todo, se tiraba al piso, abría las piernas como quinciañera en celo y gritaba: “¡¡Fuego, Fuego!!”, ahí nosotros saltábamos con un encendedor y ¡Pa! “Llamarada Gutty”. Porque la cosa no podía esperar. Uno puede más o menos retener un pedo, pero no por mucho tiempo. Esto era así, él soltaba el grito de guerra y ahí estábamos sus soldados. Lo hacíamos siempre. Y cada vez era igual de buena que la primera. No lo podíamos creer. ¿Cómo no lo supimos antes? ¿Desperdiciamos 10 años de nuestras vidas?

Eso hacíamos, con eso nos divertíamos. Algo que quizás pueda parecer intrascendente para mí es todo. Para mí, hoy, es la clave. Esas cosas hablan mejor de mí que mi currículum.

Continúa.

11 marzo 2014

Bigote Falso Editorial: Sastrería de Libros

Idea

Bigote Falso —la editorial— surge con la idea de editar, en principio, su propio material. Textos de humor, cuentos cortos, novelas, revistas, fanzines.

Historia previa

Siempre fuimos fervientes lectores, adictos a la letra impresa, y gustosos de recomendar o hablar sobre libros de autores consagrados, los clásicos, los maestros. Pero de igual modo, lo hacíamos con nuestros pares  —amigos, conocidos, profesores— con los que, incluso, llegamos a intercambiar material.
Paralelamente, habíamos sacado un blog bajo el nombre: Bigote Falso, para escribir nuestros textos de humor, sacar afuera toda nuestra neura, todas nuestras obsesiones; pero también el material de esos amigos. Algo que no llegaba a ser un colectivo, sino más bien una camioneta combi medio abollada y sin papeles. Pero nos llevaba y nos traía. Vaya que sí.   

Nacimiento

Con esas dos premisas no tardamos en darnos cuenta de lo evidente, además de nuestras cosas, podíamos editar todo el material que circundaba esos antros. No es novedad que Internet democratizó la cultura, las voces, los pinceles. Hay un montón de nuevos autores (ficción, periodismo, humor, historieta, ilustración, blogs, fanpages) que sobrevuelan la net y nos apasionan.     

Una cosa llevó a la otra, así es como editamos nuestra propia revista impresa de humor y cultura con un montón de talentosos colaboradores. Gente que nos hacía reír, cuando desprevenidos navegábamos por Internet, o nos entusiasmaba de la manera que fuere. La revista se llama Bigote Falso y es de publicación semestral, el número #1 salió a la calle en octubre de 2013.
El proyecto de revista es una síntesis de todo esto que estamos diciendo.
Para saber más o adquirirla, pasen por aquí: http://www.bigotefalso.com.ar/search/label/Revista

Filosofía

Nuestro método no responde a ningún sistema 'académico'. No tenemos reglas, ni contratos, ni planillas para llenar. Lejos del lugar común 'hippie', creemos realmente en hacer las cosas de otra manera. Por un lado, ofrecer algo similar a las editoriales grandes sería necio de nuestra parte; no se puede competir con esos monstruos. Por el otro, tampoco queremos. Nuestra forma de relacionarnos en el mundo es otra: es cara a cara, dialogando, buscando la mejor opción posible para ser y hacer las cosas.
Tampoco creemos en eslóganes baratos tales como: “Te hacemos una propuesta acorde a tus deseos”. Nos inclinamos más por encarar cada libro como Los Simuladores lo hacen con sus potenciales clientes. Analizamos cada caso desde nuestra subjetividad (ahí es donde ponemos nuestra visión del mundo) y desde nuestras limitaciones: charlamos, le damos las vueltas que haya que darle para ver de qué manera se podría ejecutar el libro. Si se puede ejecutar. Porque quizás no haya acuerdo mutuo. Quizás el autor tenga ciertas necesidades o deseos que nosotros, simplemente, no podamos cumplir.  
Pero si una comunión se forja, enhorabuena: hay 'caso', hay libro.

Por lo dicho es que no tenemos una sola forma de trabajar. Cada caso es distinto, porque cada persona y proyecto lo es. Simple. No podemos asegurarle a nadie  —acá, ahora mismo— que le vamos a pagar la edición de su libro, pero tampoco podemos asegurar lo contrario. La verdad es que no tenemos idea, porque no sabemos qué propuesta tiene el que está leyendo esto en este momento.     

Material editado

-Obsesiones de bolsillo, 2° edición. Marzo 2013
(La 1° estuvo a cargo de la editorial independiente: La E del Coihue Infinito)
Rodríguez, Yañez, Culp, Falangie.  
Libro recopilatorio de textos de humor de nuestro blog: Bigote Falso.
100 ejemplares.

-Bigote Falso #1. Octubre 2013.
Revista de humor nacida a partir de nuestro blog, con textos inéditos y 18 colaboradores.
500 ejemplares.

-El Plan del General Yerba Buena. Noviembre 2013.
Hernán Granovsky.
Novela.
150 ejemplares. Se realizó una segunda tirada de 100 ejemplares más.

Próximamente

-Periodismo pop. Marzo 2014.
Hernán Panessi.
Libro recopilatorio de sus mejores notas de cine y cultura pop.
100 ejemplares.

-Jumper. Marzo 2014.
Alejandrina Bujalis.
Cuentos.
100 ejemplares. 

Recepción de material

En este ítem debemos ser sumamente cuidadosos. No nos gustaría generar falsas expectativas a nadie, como quizás pasa en muchas editoriales.
La idea inicial es abrir la convocatoria a quienes tengan ganas de mandar una propuesta antes que un material, que muchas veces queda olvidado en la casilla de mails con promesas de lectura que nunca llegan. Preferimos escuchar la propuesta, intercambiar algunos mails, conocer un poco el proyecto, que nos conozcan a nosotros y saber si buscamos más o menos lo mismo; luego, sí, pasar a la siguiente fase.
    
Lo que viene después será para cada libro distinto

Recepción de propuestas


Amigos... ¡Bienvenidos al mundo del mañana!

01 marzo 2014

El Forastero #8

8

Dispuse cada imán, cada volante según las direcciones reales de esos locales, sobre la mesa del mini-mercado. Tracé una línea en birome delineando las calles, las manzanas, los cruces. Armando una suerte de maqueta del barrio pero plana, achatada, un plano bah.

Le apoyé el dedo índice a la barrita de cereal, que era rosa (sería de frutilla con yogur o algo así), y la moví, de afuera de esa especie de maqueta hacia adentro. La detuve sobre la calle, en medio del “barrio”, rodeada de los locales de ese micro mundo miniatura. 

Me agaché sobre la mesa, me recosté apoyando la pera sobre mis brazos cruzados. Miraba ese plano, ese barrio, los volantes, la barrita de cereal. Escribí sobre la línea que representaba una calle, justamente el nombre de la calle: “Estrecho de Masllorens”, y sobre la otra línea, la otra calle: “Coronel Tomaseli”. Y arriba de todo, a modo de título, el nombre del barrio: “Proyecto F. Coppernico” (con doble p y sin tilde)   
Me gustaba, que sé yo.
Hacía esas cosas y como que me “perdía”, me abstraía, y me hacía bien. No sé, el tiempo podía haberse detenido ahí, y yo podría haberme quedado así, pensando en la nada, viajando. Mirando, mirando y mirando. Mirando sin mirar, mirando cada detalle. Perdiéndome en lo observado. El ojo es como el estomago, como un músculo, hay que alimentarlo, darle de comer, hay que ejercitarlo, mantenerlo en forma. El ojo te pide, vos tenés que saber escucharlo y darle, darle lo que te pide.
Uno, al verme ahí, podía haber pensado tranquilamente que estaba triste, que estaba mal, deprimido o que sé yo. La verdad es que no, estaba ahí, simplemente estaba, como ir a otro ritmo, moverme a otra velocidad absolutamente distinta al resto de la humanidad. No era un tipo común, tampoco era un excéntrico (hasta los excéntricos –y sobre todo lo excéntricos- encuentran un lugar dónde moverse), no tenía trabajo fijo, no estudiaba nada en ese momento, no tenía novia, ni casa, ni un perro, ni auto, no siquiera bicicleta. Diambulaba, pero ni un linyera era. Obvio, comía todos los días, tenía a donde dormir y todo eso. No voy a decir que ser un linyera es fácil, por favor, debe ser una de las situaciones más desoladoras que una persona pueda experimentar. Estar solo en el mundo y vivir en la calle. Que la gente pase y no te ignore por voluntad, sino que ni si quiera te vea, ni siquiera repare en que ahí hay una persona, un ser humano, pero yo ni siquiera eso era. 
Por favor, no comparemos porque convertiría a esta historia en una boludés supina (sino lo es ya), cuento subjetivamente (imposible otra cosa) lo que me pasaba a mí: Yo estaba en un limbo, no quería laburar de saco y corbata pero no me animaba a saltar, a dejar todo atrás. A irme de viaje a la concha de la lora o simplemente abandonarme de verdad. Soltar todo y quedarme ahí, mirando a la gente pasar. No, no me animaba, pero en realidad tampoco quería eso. Era justamente todo lo contrario. Quería hacer algo. Quería hacer todo. Quería encontrar algo para mí, algo en lo que fuera bueno, o simplemente algo que me gustara. Tenía ideas locas, ideas pretenciosas de cosas, pero como que no tenían, digamos, una base de realidad. Entonces me auto-excluía. Entonces las obsesiones, entonces esa bola de actividades que me daban un orden, una razón.
Había estudiado cine, pero no pensaba en películas, en escribir o filmar películas, pensaba en ideas enormes, en películas infilmables, en ideas fáusticas, magnánimas, inabarcables. Proyectos meta-ficticios; documentales apócrifos; intervenciones de personajes en la realidad; juegos donde el mundo era el tablero; instalaciones gigantescas: paredes que dejaban de ser paredes: por medio de fotos, de muchas fotos de la calle, por ejemplo, pegadas una al lado de la otra cubriendo la totalidad de la pared, ésta se desvanecería, y le daría el lugar a lo otro, a la calle, un árbol, el cielo. Un collage de realidad sobre una pared de concreto en tu living; pensaba en redes de subtes imaginarios. Intrincadísimos. Fantasmagóricos y futuristas.
Y me frustraba, me enroscaba, me daba una vuelta más.
Lo que sí hacía era escribir. Escribía casi como un conectarme con otro orden. Casi como una religión. De noche, con música y vino, meta teclear, meta escribir, meta-física. Sonetos, prosa, verso libre, librísimo. Sexo, flujos, carne, saliva, deseo, deseo y más deseo. No escribía, tenía sexo con las manos. Usaba el teclado de la computadora como un piano. Como si fuera un loco músico del 1800. Escribía sin parar. Escribía sin mirar. Escribía para mirar, para ver. Escribía todas las noches. Simplemente no podía dejar de hacerlo, como ahora, esto. Eso me calmaba. Me devolvía algo de lo que me habían sacado o había perdido. Algo que me pertenecía. Volvía a ser yo. Volvía, cansado, turbado. Pero volvía. Y como se ha de volver de un viaje extraño y alucinado, no era el mismo. Me conectaba con migo otra vez, pero paradójicamente era otro. Uno distinto. Uno nuevo.         

No escribía cine ni filmaba pero sí pensaba en películas que veía, era -junto a salir a caminar por los barrios- otra de mis actividades, digamos, intensas: mirar películas. Clásicas americanas, nada de gilada elistísta europea, el cine clásico americano es la perfección. Minelli, Cuckor, Hocks, Ford, Lang (la época americana), Wilder, Mankiewicz, Fuller, Sturges. Me miraba mínimo una película por noche, o incluso más. Me las devoraba, nunca más volví a ver tantas películas en mi vida. Vivía esa ficción. Esa era mi realidad. Mi forma de vivir. Me daban letra, me enseñaban a hablar (como dice Tony Montana en Scarface), a ser, me marcaban el paso, el pulso, el ritmo. Ese fue mi forma autodidacta de estudiar, de entender el mundo. Una visión del mundo, bah.                  

Continúa  

17 febrero 2014

El Forastero #7

7

Bueno, me senté en el mini-mercado de la estación de servicio. Todo muy lindo. Me gustaban esos lugares medio no lugares. Donde no sabés qué hora es, no sabés bien dónde estás. Puede ser una estación de Madrid, de Chascomus o de Reikiavik . Obvio que ciertas cosas van a cambiar, no creo que haya una bauquita en Islandia, pero en general, el “espíritu”, cierto aire (más bien frío) lo mantiene. No había mucha gente: una chica enfrente mío, un taxista al acecho de un pancho, y nadie más. Bueno, y la mina que atendía que estaba meta-meta con el celular.
Me puse a dibujar en un cuaderno con una birome azul un tipo adentro de un ataúd. No sé porqué dibujé esa cosa macabra, igual como que el tipo no estaba muerto, estaba así recostado, vivo, con los ojos abiertos, pero no se movía, estaba duro, petrificado. Ahora que lo pienso creo que hubiera sido menos raro que estuviera muerto ¿no? Por lo general la gente cuando muere termina ahí. Pero que un tipo vivo esté recostado en un ataúd no es lo más frecuente.
De golpe algo en el dibujo no me gustó y lo taché apretando la birome, y habré movido fuerte el brazo porque llamé la atención de la chica que estaba estudiando.
Levanté la vista y con disimilo tapé con las manos el cuaderno, ella me miró, yo corrí la vista, cerré el cuaderno y lo puse en la bolsa. Ahí volví a mirarla, como revolando los ojos, pero ella ya había vuelto a sus cosas. Sus libros. Por suerte. 
¿Qué estará haciendo? Estudiando, es obvio... pero ¿qué?, pensé.
A veces me gustaba hacer eso; mirar a la gente y tratar de descubrir qué hacen, quiénes son, a dónde van, de dónde vienen, ¿tienen novios/as?, ¿amantes?, ¿una úlcera?, ¿un tatuaje?, ¿una deuda?, ¿de qué trabajan?, ¿dónde?, ¿por qué?, ¿leen?, ¿qué leen?, ¿que música escuchan?, ¿qué ropa interior tiene?, ¿de qué color?, ¿colute?, ¿o conjunto de encaje?, ¿tanga?, o...

—Muchacho, no podés sentarte sino consumís nada... – me dijo la cajera con un vozarrón que parecía salido de otro cuerpo, no de ese diminuto.
  
Me puse de pie de un salto y en silencio absoluto recorrí el mini-mercado. Mire las góndolas, las heladeras. Lo hacía lento, no tenía ningún apuro. Me gusta sentir esa sensación de no tener apuro alguno. Finalmente me agarré una barra de cereal. Yo no comía esas cosas, no sé porque la agarré.   
Pagué y me senté de nuevo. Aburrido me puse a ver todo lo que había ‘recolectado’. Saqué de la bolsa de nylon: los volantes, los imanes, las promociones. Me puse a leerlos. A leerlos como quien lee un cuento, un libro copado, de aventuras, de espías rusos o un policial o uno de suspenso. Me gusta leer esas cosas, sobre todo lo volantes grandes, los que traen los 38 gustos distintos de pizzas. Me gusta ver los precios, las “innovaciones” en materia gastronómica o el gusto especial, el plato que supuestamente los distingue de todos: el plato que siempre lleva el nombre del local. Pero sobretodo me gusta ver las “promos”. Evalúo la mejor promoción, evalúo cuál me convendría si estuviera con tal grupo de gente, o si fuera para un cumpleaños, o tal. Me gusta. Me entretiene.
Panadería La Providencia: “Promoción Primaveral: con la compra de una docena de sándwiches de miga de durazo y jamón, gratis ¼ de tortitas negras”; Kiosco La ventana 2: “Kiosco de barrio y para el barrio, Delivery de bebidas alcohólicas las 24hs”.
Un tuvo de neón se encendió en mi cabeza.
No es que sea alcohólico, pero me gusta tomar. De chico me acuerdo le tenía miedo a los borrachos. Me acuerdo de una historia que mi viejo había bajado de una piña a uno, no por borracho, sino por molesto. Parece que se había puesto cargoso, iba con mi vieja, (todo antes de que yo existiera) y bueno, tuvo que pararlo. Pero esa imagen medio fantasmagórica que se me figuraba en la cabeza: el borracho zigzagueando, una noche cerrada, un barrio medio desolado, me generaba miedo. Por otro lado, cuando yo tenía, no sé... 6, 7 años, mi vieja cuando tomaba cerveza o vino a veces se hacía la borracha y me cargaba, se me ponía encima, me hablaba, me acosaba, y a mí se me crispaban los pelos de la glotis. Me aterraba. Le decía que la cortara, que vuelva mi mamá de nuevo, la normal.
Qué raro esas imágenes que se nos representa en la cabeza de chicos. Hay ciertas cosas que se fijan para siempre como carteles de propagandas de una manera y listo, se quedan ahí. El otro día volví a ver una película de los 80: “Fortless”. Es un telefilms de HBO ole, el viejo canal. Antes que sea lo que es ahora. La película la daban y la recontra daban en ‘Cine Shampoo’ de canal 13, y en ‘Sábados de súper acción de canal 11. En fin, la recordaba con pavor, me había dado mucho miedo. Unos pibes de una escuela rural en Australia, junto a la maestra eran raptados por un grupo de tipos con caretas de pato, ratón, león y el cabecilla con una de Papá Noél. Los metían en una cueva tapando la entrada con una piedra, sin agua ni comida. Hasta que ellos descubrían la manera de escaparse por un pasadizo secreto.
Bueno, la película sigue, pero la cosa es que yo recordaba una imagen, estaba seguro de una escena en particular, y resulta que esa imagen no existe. Esa escena no fue filmaba. O sea, luego de la fuga de los prisioneros llegan como pueden a una casa donde “Oh casualidad” los raptores encapuchados estaban desvalijando a unos viejecillos. La cosa es que los nenes tenían hambre, la maestra les exige que les den algo, que son nenes. Uno, el cara de ratón, enfurecido dice que había bajado a la cueva personalmente a dejarles la comida, pero ellos ya no estaba. Entonces ahora no había comida para nadie. Bueno, esa imagen, la acción de bajar a la cueva y ver cómo ellos (los nenes) se iban, o ver simplemente la cueva vacía, yo la había visto. Yo había visto esa escena que jamás fue filmada. Yo la tenía guardada impresa en la cabeza, la tenía tan incorporada como la mascara de pato, y al Papá Noél disparando con una itaka.
El cine si está en alguna parte debe estar en la cabeza del espectador.
Como también cuando leo una novela o un cuento y, por ejemplo, un tipo vive solo en un departamento, siempre me imagino un departamento que conozco. El departamento donde vivían mis primos con su mamá y mi abuela. Me lo imagino con variaciones, con sutiles cambios como paredes de otro color, más si la descripción de la novela se detiene especialmente en detalles, pero siempre caigo ahí. Como cuando estamos inmersos en un intenso sueño. Es ese departamento pero claramente no es ese departamento.      
De igual modo me pasa con las novelas donde aparece un colegio. ‘Un crimen secundario’, ‘El fantasma del teatro municipal’, y demás novelas para adolescentes que leía en el secundario, y que hoy releo como la mejor manera de volver a esos años turbados y alucinantes.
Esta es la forma más llana y pelotuda de entender como el arte se completa con la mirada del otro. Cargándose de sentido (ya lo sabían todos) y literalmente con esta demostración de trabajo práctico de 2do año.  

Bueno, sigo, me acuerdo que en ese momento, en el mini-mercado de la estación de servicio, hubiera dado una cornea por una cerveza a -05 grados. Lo mismo que ahora.

Continúa. 

13 febrero 2014

Bigote Falso Educa

Tras un estudio médico exhaustivo, BF logró determinar el origen de por qué nos atoramos. 
¡San Blas, San Blas!   




Dedicado para los que alguna vez, comiendo, escucharon la frase "Se me fue por el otro conducto" y les dieron ganas de serrucharse con un Tramontina abajo de una uña.

06 febrero 2014

Bigote Falso #1 Paralelo (pdf)

No es material que quedó afuera de la #1
No es material nuevo
Ni material especial

Es una versión paralela
Desprejuiciada
Fresca (?)
Sexual y delirante
Hecha con un programa horrendo y sin pensar demasiado
Sin filtro ortográfico, ni editorial. Sin filtro de ningún tipo, bah
Ni más ni menos

24 páginas
Sólo disponible en pdf
Gratis
Para leer en casamientos y ascensores

Bigote Falso
La única revista del universo con una versión paralela

Leer acá:http://issuu.com/bigotefalso/docs/bigote_falso__1_paralelo




04 febrero 2014

Correo de lectores díscolos

HOY: Pavor en el fast food

Este texto nos llegó un día cualquiera a nuestra casilla de mensajería personal para confirmar que nunca más seríamos los mismos.
Fue escrito hace mucho, incluso antes de que existiera siquiera el germen de Bigote Falso, pero su destino era este. 

¡Gracias Gustavo Farenzena, por confiarnos semejante material!
¡Alerta de contenido escatológico! 


Noche de miércoles. Oct. 2007 

Después de medianoche, al salir del cine con mi mujer sentimos crujir nuestros estómagos motivados por el apetito que teníamos luego de las casi 3 horas que duró la película.

Dentro del patio de comidas del mismo shopping vimos encendidas las luces del mostrador, y toda la cartelera del fast food nos invitaba a comer una jugosa y brillante hamburguesa. Con asombro, la empleada del local nos dijo que esa caja estaba abierta y decidimos, casi al instante, pedir dos hamburguesas (igualitas a la que mostraba el  luminoso cartel).
Nos quedamos pegados al mostrador a la espera de la confección de nuestra preciada y postergada cena. Casi inmediatamente, tuve que presenciar una increíble escena protagonizada por el encargado del local, quien estaba encerrado en un cubículo aparte, pero pegado a la cocina, con su camisa de color diferente que el resto de los 3 empleados que quedaban a última hora.
En ese cuartito, presencié una escena que jamás había visto en mi vida: el encargado, un hombre de algo más de 30 años de edad, observaba concentrado el monitor de su computadora, mientras se adentraba con el dedo índice en su fosa nasal derecha en una lucha sin igual.

Se metió el dedo índice con tanta insistencia y en busca de algo perdido en las profundidades de los orificios nasales y, a pesar de mi asombro, el hombre ofició su cometido con tanta persistencia y atención que dudo que se haya percatado de que alguien lo pudiese estar observando.
Luchaba y movía con destreza sus dedos tratando de despegar esa difícil y dura bola mucosa. Después de, aproximadamente, un minuto de lucha incansable, y con la incorporación y ayuda del dedo gordo, logró sacar esa masa de moco que terminó siendo arrojada a un destino incierto.

Acto seguido, este luchador perseverante se levantó de su silla para dirigirse directo a la cocina para hablar, no sé qué cosa, con el cocinero.
Obviamente, después de semejante y concentrada actuación el tipo nunca fue consciente de que a 3 o 4 metros, del otro lado del mostrador, había un obsesivo cliente que ya había pagado su ansiada cena; rogando mentalmente que no tocara ningún elemento de cocina con sus manos recién salidas de tal asqueroso y anti culinario lugar.

Con mi mirada seguí atentamente cada movimiento de su mano derecha, incluso pedí ayuda a Luciana, mi mujer, quien presenció el inigualable acto de la salida del moco.

Por suerte, se limitaba solo a apoyarse en la pared mientras el cocinero tomaba el pan, lo ponía en la tostadora, agregaba la salsa salida de una especie de jarra plástica y agregaba algo parecido a cebolla picada, para luego agarrar una feta de queso amarillo, ¡¡¡¡pero cuidado!!!!, el encargado agarró la espátula (por suerte con la mano izquierda…), le aviso a mi mujer, que me dice: “no está tocando la comida”.

Mi mirada se fijó, exclusivamente, en sus movimientos; entonces levantó con la espátula la hamburguesa para apoyarla delicadamente sobre el pan, con tanto cuidado y equilibrio que, para dicha tarea, apoyó sus ágiles e inmundos dedos exploradores en el medio de la hamburguesa... //

Final 1. Teníamos hambre y la comimos….

...siempre oí historias de locales de comidas, pero nunca me tocó vivir semejante situación, y con el estómago tan vacío….//
Pedí hablar con el encargado, quien se acercó sin tener idea de lo que había hecho, le conté lo sucedido y negó haber tocado la comida con los dedos.

Final 2. Le rompimos todo el local y fuimos presos.


Final Real. Después de mucha queja, nos devolvieron el dinero. Salí con hambre, asco y bronca, y lo volqué en algo parecido a este texto...